Es difícil de creer que la residencia del presidente de Uruguay sea esta sencilla casa –en realidad, un ranchito– rodeada de sembríos. Es una chacra en el Rincón del Cerro, a 15 kilómetros del centro de Montevideo. En la puerta solo hay dos guardias –vestidos de civil en un auto común–, que nos dejan pasar cuando les decimos que tenemos una entrevista pactada sin siquiera pedir que nos identifiquemos. Pero aún más difícil de creer al entrar al ranchito es que esa mujer mayor, canosa, que sale a acomodar la ropa al sol para que se seque en un tendal, sea Lucía Topolansky, primera dama y senadora de un país.

En un patio con piso de tierra, atiende a Publimetro el compañero José Mujica Cordano, rodeado de Manuela –su conocida perrita de tres patas– y de gallinas que cacarean. A unos metros está su célebre Volkswagen escarabajo celeste de 1987, aquel por el que un jeque árabe ofreció pagarle un millón de dólares. Habla el ‘Pepe’, un presidente singular, decente, honesto, que no solo deja emotivos discursos, frases polémicas, graciosas o profundas, sino una tangible realidad: ha puesto –positivamente– a Uruguay en los ojos del mundo.

Fue anarquista primero, militante de un partido tradicional después, ciclista de ruta. Guerrillero con el alias de Facundo, resultó herido de gravedad en un tiroteo y sufrió la extirpación del bazo. Quedó recluido en la cárcel de Punta Carreta, hoy convertida en shopping, en 1970. Se fugó en 1971 por un túnel junto a 109 compañeros. Fue nuevamente detenido un mes después y se volvió a fugar al año siguiente, en abril, para caer otra vez preso en agosto (no hay mucho lugar donde esconderse en Uruguay). No saldría libre hasta 1985, tras la amnistía decretada por el gobierno de Julio María Sanguinetti. En noviembre del 2009 fue elegido presidente, cargo que asumió en marzo del 2010 y abandonará en marzo del 2015, después de la segunda vuelta que el próximo domingo 30 determinará a su sucesor entre el ultrafavorito candidato oficialista Tabaré Vázquez y el opositor Luis Lacalle Pou.

Don Pepe, ¿cuál es el balance que hace de estos casi cinco años como presidente de Uruguay?

–Junto con el pueblo uruguayo, que fue el que hizo el esfuerzo, fue posible bajar mucho los niveles de pobreza. Hace 10 u 11 años teníamos un 28, 29 por ciento de uruguayos en pobreza; hoy andamos en el 11 por ciento y la indigencia bajó al 0,5 por ciento. Podríamos haber avanzado un poco más, pero no nos dio la nafta. Uruguay tiene un ingreso medio per cápita de 17 mil dólares, lo que representa una mejora sustantiva. En temas laborales, el índice de desocupación oscila entre el 5 y el 6,5 por ciento, cuando era del 22 por ciento hace diez años. La inversión anda por el 25 por ciento del PBI, y antes andábamos en 12 o 13 por ciento. Ha habido cambios que van a repercutir en la sociedad futura. 

¿De qué medida tomada durante su presidencia se siente más satisfecho?

–Algunas cuestiones que tienen que ver con el ámbito rural, “pavadas” si se quiere. Está la ley de ocho horas para los peones rurales, algo que hacía más de cien años que se buscaba y no se concretaba. Uruguay es un país de industria agropecuaria y agroexportadora y vive en buena parte del trabajo que se vende al exterior; junto con Australia somos el país que, proporcionalmente, mayor participación tiene en este rubro de trabajadores rurales y no era justa su situación. Creo que donde más mejoraron las condiciones sociales, de vida, fue en el interior profundo de Uruguay, que era lo que estaba más olvidado.

¿Imaginó que la legalización de la marihuana causaría tanto revuelo internacional?

–No, no lo pensé, pero tenía que provocarlo, naturalmente. Hay que tomar estas medidas en sociedades que tienen miedo, que son pacatas, que no quieren ver la realidad como es. No es en realidad una medida a favor de la marihuana, sino contra el tráfico de drogas.

Se frivolizó el tema, ¿no?

–Sí, y no tomaron en cuenta el efecto negativo que tiene el narcotráfico que hasta prostituyó, entre comillas, el mundo delictivo. Porque hasta en el delito había códigos, ciertas cosas que no se hacían. Ahora, el narcotráfico introdujo la costumbre esa de “o plata o plomo”. Nosotros razonamos siguiendo aquel criterio de Einstein: “Si quieres cambiar, no puedes seguir haciendo lo mismo”. La represión sola no sirve, y las medidas que estamos tomando para ensayarlas desde el punto de vista práctico tienen esta finalidad, arrebatarle el mercado al narcotráfico.

¿Le parece que otras drogas podrían seguir el camino de la legalización?

–No me aventuro tanto. Tenemos que esperar a ver lo que pasa con la marihuana, porque esto no deja de ser un experimento.

¿Leyes como la del matrimonio igualitario deben tomarse porque son de derecho, o como se dice en otros países de América Latina, se debe esperar a que nuestras sociedades “estén preparadas”?

–Si no tomamos las medidas, la sociedad nunca va a estar preparada. Es como discutir lo del huevo y la gallina, esto es más viejo que el agujero del mate, no podemos desconocer la realidad, gustará o no nos gustará, pero el hecho es que existe, y si existe, tratar de ocultarlo, taparlo, no verlo, es mortificar a la gente inútilmente. Nosotros no partimos de otra base que reconocer lo que existe en la sociedad y organizarlo para que funcione lo mejor posible, eso incluye el matrimonio igualitario para parejas del mismo sexo.

La uruguaya es una sociedad más liberal y vanguardista que otras de América Latina. ¿A qué cree que se deba?

–Es más abierta porque es un país muy laico, sin duda el más laico de toda América Latina. La influencia religiosa que existe no tiene el mismo peso que en otras partes. Por otro lado, históricamente tuvimos gobiernos muy audaces. El voto femenino, el divorcio por la sola voluntad de la mujer, ¡el reconocimiento de la prostitución!, este país la legalizó y a las trabajadoras sexuales les puso un carné... También estuvo la nacionalización del alcohol, el invento de la universidad femenina para que las familias se animaran a mandar a las chicas a estudiar, porque había una serie de prejuicios en décadas ya bastante pasadas.

–¿Es consciente de que usted puso a Uruguay en el mapa internacional, que lo hizo más visible, que hay un Uruguay del Pepe Mujica?

Sí, dicen que es así, pero yo no tengo la culpa que otros remeden el feudalismo, con vasallos y todo. No puede haber un país de una persona...

¿Pensó usted en esa realidad cuando estaba en un calabozo de dos por dos?

–No, nunca, ¡ni por las patas! 

¿Cómo se anda por la vida, cómo anda usted?

–Liviano de equipaje, con lo justo, con lo imprescindible y necesario. Así no gasto el tiempo de vida –que es un milagro, lo mejor que tenemos, la única gran riqueza–, en lo que no vale la pena. Hay que ir ligero, con renunciamientos, para gastar la vida en lo que a uno lo motiva. Eso es la libertad.

¿Qué se lleva de su paso por la presidencia?

–El cariño de los humildes, que me griten Pepe por la calle, la fidelidad de la gente. Una cosa chiquita para el mundo, que para mí es muy grande.

Así se despide el hombre que purgó doce años de cárcel en las peores condiciones, que sobrevivió a la tortura, y volvió a la vida para pelear con votos por un mundo mejor. Deja el gobierno con una gran aceptación. Pero la lucha continúa, y lejos de descansar, el viejo guerrero ha sido elegido como senador de Uruguay en la lista que mereció la más alta votación. Por un tiempito más, el Pepe Mujica seguirá hablando y seguramente dando que hablar.