Las paredes frías, cubiertas de inscripciones y coloridos murales cobijaron durante 139 años desde políticos a ladrones de gallinas. Pobres y ricos, buenos y malos, inocentes y culpables usaron sus muros para registrar sus días mientras vivían hacinados en una especie de bodega humana: el penal García Moreno.

El edificio de cuatro manzanas de largo con numerosas alas fue abandonado en septiembre, cuando los 2.600 prisioneros que vivían en un espacio construido originalmente para sólo 300 personas fueron trasladados a una prisión más amplia y moderna. Pero muchas de sus historias de amor, miseria, desesperanza y avaricia quedaron impregnadas en los pasillos que ahora recorren los turistas entre la curiosidad y el morbo de sentir lo que es perder la libertad y quedar encerrado entre cuatro paredes.

Entre los mensajes e imágenes que permanecen se encuentran números telefónicos anotados al apuro, promesas de no volver, el recorte de algún diario o revista de la chica de moda y en medio de eso la imagen de Jesús para rogar por protección y perdón. Ropa, una guitarra y otras pertenencias fueron dejadas en el lugar por los reos. Correas de metal para relojes, llaves y baterías usadas se encuentran regadas por el piso de un baño.

En los años de su existencia, la prisión fue testigo de revueltas e intentos de fuga. Sus altas murallas los separaban de la sociedad, y aunque la vida bullía a su alrededor, adentro se hacían y se respetaban sus propias leyes, sus propias autoridades.

Uno de sus más famosos reclusos fue Eloy Alfaro, que fue presidente de Ecuador de 1897 a 1901 y de nuevo de 1906 a 1911. Luego de sus gobiernos fue encarcelado durante el gobierno de su sucesor y asesinado por una turba en lo que se cree que fue un ataque por motivos políticos al interior del centro penitenciario ocurrido en 1912.

Las celdas variaban de tamaño: las había de ocho metros cuadrados, que albergaban hasta seis u ocho reclusos a la vez, a otras de 30 metros cuadrados con capacidad para 40 personas. Pero un prisionero con dinero podía darle plata a las pandillas que controlaban la vida diaria dentro del penal para que tuviera sólo un compañero de cuarto.

"Nos dicen que en la cárcel está lo peor, están los peores sujetos, pero yo que he vivido muchos años, concluyo que la cárcel es una muestra de lo que es nuestra sociedad", dijo el psicólogo Oscar Ortiz, que compartió muchas historias desde su trabajo dentro del penal.

Ahora que este pequeño mundo ha sido trasladado a otro sitio, será el tiempo el que se encargará de borrar las historias grabadas en sus paredes.

Con el tiempo se impondrán nuevas leyes, nuevas reglas, pues según las autoridades el proyecto para esta mole construida en el corazón de la ciudad será un hotel de lujo, contradicción hasta el final pues lo que rodea el lugar son barrios pobres, mercados congestionados, bullicio y caos.

Otra propuesta lo convertiría en un museo de la ciudad.

Con información de AP

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