En medio de toda la pompa de este festejo tradicional, mujeres jóvenes encabezan el baile con tacones altos; polleras cortas de lentejuelas brillantes dejan ver cuerpos sensuales. Detrás ingresan las esposas ornamentadas de alhajas de oro y plata. Visten polleras, mantas bordadas, botines de cordobán, sombrero de fieltro y enaguas de encajes.

"Entre el traje de diseño exclusivo y las joyas, cada bailarina lleva encima en valor más de 20.000 dólares", asegura Rosario Aguilar, diseñadora y dueña de una escuela de modelaje para cholitas, como se llama acá a mujeres de origen aymara que visten pollera. Guardaespaldas contratados vigilan de cerca a las bailarinas para prevenir robos.

La fe no es la única motivación de esta celebración que data de la era de la colonia. En esta gala de rico folclore andino, que se repitió el 30 de mayo, la burguesía de origen aymara dice presente, derrocha y ostenta poder económico junto a gentes de clase media en un entramado que refleja los cambios que vive este país.

Durante años Bolivia ha sido asociada a la pobreza y al indigenismo y aunque los niveles de desigualdad social se mantienen altos, el Gran Poder muestra la fortaleza del mestizaje en una élite que salió de la pobreza desde la informalidad económica.

Estos hábiles comerciantes hicieron de la globalización del mercado un "igualador de oportunidades y ascensor social", dice la investigadora Natalia Fernández.

Más de una veintena de danzas desfilan impregnadas de modernidad y tradición, pero destaca la morenada de los más adinerados.

"La morenada es la danza de los que tienen plata (dinero)", dice José Gabriel Nina, "preste" de una de las agrupaciones. Preste es el líder y el que financia buena parte del gasto.

"El Señor del Gran Poder me ha dado bendiciones. No reparo en gastos, lo hago por fe", dice Nina, quien ha bailado por casi 30 años. Llegó pobre a La Paz de su pueblo en el altiplano en busca de futuro. Hoy es dueño de una importadora de artículos de lujo para la construcción.

Detrás de las mujeres ingresan los hombres liderados por los más influyentes. Bailan con una máscara enorme y un pesado traje artesanal de miles de perlas de fantasía. El tamaño y los adornos del traje marcan el rango de los bailarines que ingresan por bloques acompañados de bandas de músicos que lucen coreografías.

Con su paso cansino por el peso del traje y la máscara con plumas, la morenada es una danza antigua que rememora a los esclavos negros en las minas de las montañas andinas durante la colonización española.

Pero también hay grupos modestos cuyos bailarines alquilan trajes y prometen devoción al santo esperando un milagro.

"El Gran Poder es la síntesis de diversidad del país. Se entrecruzan varios rostros: el indígena, el afrodescendiente y el criollo europeo y así como hay familias que ostentan poder económico, también hay gente de sectores medios", dice el ex vicepresidente Víctor Hugo Cárdenas, integrante de la Morenada Señorial Illimani, una de las más prestigiosas.

"Es un mundo de jerarquías muy influido por valores indígenas andinos", dice Cárdenas, también de origen aymara.

"Más de 50 millones de dólares mueve la fiesta en ocho meses de preparativos", asegura Javier Escalier, Secretario de Culturas del gobierno municipal de La Paz y bailarín. A su vez la festividad, "es una pasarela de la moda (chola) andina que marca tendencias para las demás fiestas religiosas", dice Aguilar.

Cada grupo tiene su símbolo. De Escalier lleva dibujos de electrodomésticos y computadoras en el estandarte porque agrupa a vendedores del rubro.

En las agrupaciones más influyentes bailan diplomáticos extranjeros y políticos.

Los preparativos comienzan siete meses antes con veladas en las que se elige a las reinas y las agrupaciones compiten contratando a artistas internacionales para sus fiestas privadas.

En marzo el actor y cantante mexicano Pablo Montero ingresó a caballo vestido de charro en la fiesta de la Sociedad Folclórica Fanáticos. La televisión, la radio y la prensa dedican sendos espacios a este mundo de la farándula boliviana.

El barrio donde nació la fiesta es una mezcla de tradición y modernidad. Mercados de hace cuatro siglos sobreviven en viejas casonas de teja y patios empedrados junto a modernas galerías que ofrecen celulares y tabletas.

En otra calle se venden hierbas medicinales, pócimas y fetos de llama para ofrendar a la Pachamama (Madre Tierra). Modestos puestos callejeros compiten con restaurantes para turistas de comida árabe, asiática y europea.

Pero ni siquiera la fiesta paraliza el agitado comercio en el barrio Rosario.

En la época de la colonia era conocido como barriada de indios y un río la separaba de las residencias de europeos y criollos. Cuando comenzó hace casi un siglo la festividad estaba confinada a los extramuros, pero en décadas recientes la fiesta ha ido derrumbando barreras y prejuicios sociales hasta apoderarse de la ciudad.

Hoy es el orgullo de La Paz y aspira a un sitial como Patrimonio de la Humanidad en la lista de la UNESCO.

El ascenso social de los indígenas no es un fenómeno nacido con la llegada al gobierno en 2006 del aymara Evo Morales, primer presidente indígena del país.

"Es un proceso de agregación que viene gestándose desde hace décadas", dice el ex presidente Carlos Mesa (2003-2004).

Con información de AP