Poco antes de que amanezca en esta playa del Pacífico de Perú, decenas de personas arriban y se sumergen al agua en busca de curarse de diversas dolencias que los médicos no han logrado sanar.

Algunos se abrazan e ingresan al mar en grupo. Otros se bañan solos y en silencio. Luego casi todos saltan, ríen y corren por la orilla.

Bajo el cielo y sol del Pacífico en esta playa llamada "Pescadores", los bañistas realizan la talasoterapia, un tratamiento difundido por el naturista José Cusquisiban desde hace más de una década. La terapia proviene del griego "thalasso", que significa mar.

"El mar es la farmacia de la humanidad, tiene muchos minerales, vitaminas, eso fue lo que nos enseñó Rene Quinton, un sabio francés de inicios del siglo XX que desarrolló la terapia intensamente, aunque ya existía desde la época de los griegos", dice Cusqusibian.

El naturista va con frecuencia al mar y allí pide a sus pacientes que empiecen a trotar descalzos sobre la arena. "Luego hacemos un círculo armonioso de oración, después cantamos, practicamos la risoterapia, nos abrazamos y finalmente entramos al mar y le enseñamos a nadar a los que no saben", dice.

Entre los practicantes de medicina que viajan a la playa está el quiropráctico Felix Ratamoso, que tiene pacientes con problemas de espalda.

Oswaldo Salaverry, experto en medicina intercultural del Instituto Nacional de Salud, dice que "desde el punto de vista científico estar en contacto con el mar, con aire más limpio, con cierto tipo de arena, otorga beneficios generales para el estado de salud, pero de allí a que pudiera servir para tratar enfermedades crónicas, no".

La gente que viene a la playa tiene su fe puesta en el mar.

Sentada sobre la arena, Gisela Sánchez, de 25 años y con artritis reumatoide, describe el dolor diario en sus articulaciones "como si me quebraran los huesos". Las dolencias se multiplican "en la espalda, tobillos, dedos, codos y el cráneo" cuando llega la noche. Dice que a veces "no tiene ganas de vivir".

No puede caminar desde hace cuatro años y a menudo no posee la fuerza ni para sostener un vaso con agua, pero tiene fe en que el mar la sanará. Cuando viene a la playa sus amigos la sostienen de los codos mientras ella arrastra sus pies por la arena, como un bebé que recién aprende a caminar.

Vino en busca de salud desde Pátapo, una aldea al pie de los Andes a 700 kilómetros al norte de Lima. "La arena desinflama mis articulaciones y el mar me da tranquilidad", afirma.

Esa opinión la comparte Sósima Sánchez, de 60 años, quien ha tenido operaciones quirúrgicas en la vesícula, apéndice y sufre de gastritis hace tres años.

Sánchez hacía colas interminables en los abarrotados hospitales públicos de Lima pero el dolor seguía. "Solo piensas en morir cuando estás mal, pero cuando vine aquí comencé a sentirme mejor, echada en la arena, miro el cielo y por ratos se va el dolor", dice.

Su única preocupación es su peso de 35 kilos.

Los casos de gente que dicen haberse sanado abundan: personas curadas de cáncer, diabetes y hasta impotencia sexual.

Berto Nestaris, un sociólogo de 55 años, se unta arena en el cuerpo en una especie de masaje que, dice, ayuda a su circulación y a su sistema nervioso. Graciela Meneses, de 67 años, hace ejercicio en el mar utilizando un flotador improvisado creado por ella. Dice que le ha ayudado a perder 39 kilogramos (85 libras).

Fabián Espinel dice que ha estado viniendo a la playa temprano cada mañana en los últimos diez años para tratarse un problema de gota. A los 65 años de edad, da de comer a las aves mientras.

El mar cura, dice, te da fuerza, es esencial.

AP