Los mercados están abiertos las 24 horas del día, atrayendo a madres jóvenes, conductores de cambiones, personas sin hogar y a cualquiera que busque drogarse.

Conocidos como "cracolandia", los puestos al aire libre pueden encontrarse en algunas favelas de Río de Janeiro donde los clientes pueden comprar las piedras de crack y fumarlas a plena vista, tanto de día como de noche.

Brasil, según algunos estudios recientes, se ha convertido en el máximo consumidor mundial de esta sustancia, un derivado barato y muy adictivo de la planta de coca cultivada en los países vecinos. Se estima que hay un millón de adictos al crack que forman una temible plaga para el país, que preocupa a los funcionarios gubernamentales cuyos programas no han servido apenas para frenar el avance de la droga.

A título individual, la epidemia afecta a personas de todas las clases sociales, algunos de ellos estuvieron empleados en su día, otros con familias donde eran queridos o que albergaron sueños de una vida mejor, pero que lo han perdido todo por sus adicciones.

Entre los protagonistas de la fotogalería hay una mujer embarazada de su tercer hijo.

Entre los protagonistas de la fotogalería hay una mujer embarazada de su tercer hijo.

AP/ Felipe Dana

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En un estudio de fotografía improvisado — una silla sacada de la basura ante un fondo blanco iluminado por dos pequeñas luces — aparta a los consumidores de su entorno oscuro y de pesadilla. Algunos se abrieron a contar sus historias, mientras que otros hablaron solo a través de sus ojos.

Sancler Rodrigues, de 32 años, pidió prestada una remera de fútbol a uno de sus amigos antes de posar. "Pensé que mi vieja camiseta negra no se vería bien en tu foto", dijo.

Otra mujer sonríe mientras sostiene un perro de peluche que pertenece a su bebé, que nació prematuramente y está hospitalizado. Daniela Pinto, con sus delgados brazos sobresaliendo de su vestido rojo, quiere liberarse de su adicción al crack.

AP/ Felipe Dana

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Carla Chris, de 35, mantiene el optimismo: "Sonría porque la vida es hermosa".

Henrique Felix Santos, de 41 años, se pone filosófico al ser preguntado por sus pensamientos mientras posa en el mercado de la droga.

"La expresión de cada ser humano es consistente con la realidad", sostiene.

AP