Poco antes de que amanezca Raúl Rúa, de 42 años, junto a 15 jornaleros entre mujeres, adolescentes y niños inician una caminata de media hora para cosechar uno de los miles de campos de sembríos en el mayor valle cultivador de cocales del mundo.

"Si no fuera por la hojita de coca no habría comida", dice Rúa mientras extrae las hojas elipsoidales de los arbustos con sus manos abundantes en ampollas y callos causados por la fricción del vegetal. Sus brazos también tienen algunas cicatrices causadas por los sangrientos choques contra Sendero Luminoso ocurridos en la década de 1990 en innumerables batallas que han permanecido en el anonimato.

Más de 600 mil habitantes del sureño valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro dependen de los cocales y están preocupados ante un posible ingreso de funcionarios del gobierno para destrozar los cultivos, que en 93% se usan para fabricar drogas, según autoridades.

"Mucho presupuesto para militares, para policías, pero casi nada para la educación, para la salud, para la gente"

"No somos narcotraficantes, pero la hoja de coca es el único sustento para el campesino", dice Próspero Ayala de la federación de agricultores del valle. "Mucho presupuesto para militares, para policías, pero casi nada para la educación, para la salud, para la gente".

Ayala reclamó al gobierno del presidente Ollanta Humala mejores condiciones para abandonar el sembrado de cocales junto a una mayor inversión en educación y salud para los jornaleros del valle, donde el 67% de pobladores es pobre, según cifras oficiales.

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Con él coinciden cientos de cocaleros que hace una semana desfilaron portando escopetas en una de las aldeas, llamada Pichiwillca, donde en 1984 nació la ofensiva campesina que venció y redujo a Sendero a solo un pequeño grupo de hombres armados escondidos en zonas muy remotas de este valle con una extensión mayor a los territorios de Bélgica e Israel en conjunto.

Los campesinos creen que el estado tiene una deuda con ellos y que sólo fueron usados para derrotar a Sendero Luminoso. "Muchos han quedado pobres, inválidos, sin casas, sin estudios sus hijos y ellos sin salud", dice Óscar Cárdenas, presidente del comité campesino de autodefensa, que en su mejor momento estuvo conformado por casi 20 mil campesinos organizados y armados con escopetas y machetes.

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Fue el cultivo de la hoja de coca la que ayudó a financiar la guerra contra Sendero, afirma. "Sino, no hubiéramos vencido".

En 2014 el gobierno erradicó 31 mil hectáreas de cocales en otros lugares del país, pero las 20 mil hectáreas de cocales del valle han permanecido intactas, en parte porque según analistas el gobierno no quiere que Sendero Luminoso encuentre la excusa perfecta y retome su influencia en la zona y también porque el gobierno de Lima sabe que los campesinos son excelentes guerreros.

"Defenderíamos la hoja de coca con nuestras vidas, si el gobierno se atreve a entrar", dijo Ayala.

Unos 17 mil hijos de jornaleros no van a clases hace un mes porque los maestros están en huelga exigiendo 581 dólares adicionales a su sueldo de 300 dólares, igual que los uniformados que viven en más de dos decenas de bases militares.

Los jornaleros ganan un tercio de dólar por kilo de hoja extraída y en promedio un total de 16 dólares diarios tras juntar 48 kilos. Según cifras de la ONU en 2013, en todo el valle se recogieron 99 mil toneladas de hoja de coca y 22 mil en otras partes del país.

Los dueños de cocales venden a 3,5 dólares el kilo de la hoja cosechada a mayoristas que a su vez abastecen a narcotraficantes. Según datos oficiales, 93% de hoja de coca cosechada es comprada por los fabricantes de droga y el 7% restante va al consumo tradicional.

El dirigente Ayala afirma que son "conscientes de que la hoja de coca está para reducirse, paulatinamente, pero el gobierno tiene que buscar realmente el mercado para otros productos" como café y cacao cuyos precios en el valle están alrededor de 1,5 dólares por kilo.

Si el cacao y el café valieran 4,7 dólares el kilo, el agricultor en dos hectáreas tendría más de 9 mil dólares anuales y "estaríamos tranquilos sin trabajar la hoja de coca", dijo Ayala quien no ve una solución cercana al drama del valle de 620 mil habitantes.

"Aquí los niños sufren, están llenos de parásitos, la educación como ve está pésima y de la salud ni hablemos", añadió en referencia al valle donde el 50% de los niños menores de cinco años tienen desnutrición crónica, según cifras oficiales.

El ex zar antidrogas Ricardo Soberón afirma que la solución empieza por llevar democracia al valle, que ningún gobierno ha realizado. "El gran desafío es hacer que el cocalero se considere ciudadano, porque el problema es que no se le considera como tal, sino como un narco-campesino", dijo.

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