Una larga secuencia de vibrantes murales saluda a las personas que se dirigen desde el principal aeropuerto de Bogotá hacia las empedradas calles del centro histórico.

Dibujos de granadas con forma de piña y fusiles AK-47 alusivos al conflicto armado colombiano se combinan con monos y mariposas en vivos colores que recuerdan las bellezas naturales del país con brillantes colores de espray. Todo un alivio en medio del cielo gris de la capital andina y la arquitectura monocromática de los edificios de ladrillo rojo.

El arte callejero prolifera en una ciudad de 8 millones de habitantes y actualmente hay más de 5.000 grandes pinturas a lo largo de la capital colombiana. Hasta los turistas contratan visitas guiadas en bicicleta para ver los dibujos más espectaculares

Pero la explosión de los grafitis en Colombia surge de una tragedia. En 2011 la policía mató de un disparo al grafitero Diego Felipe Becerra cuando plasmaba su marca Félix el Gato sobre una pared.

El alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, respondió despenalizando la pintura de grafiti e incluso ofreció varios edificios públicos como lienzo donde plasmar sus obras. La iniciativa recibió un espaldarazo del cantante canadiense Justin Bieber, quien se detuvo a pintar en las paredes de Bogotá después de un concierto escoltado por la policía en 2013.

La novedosa legislación en Bogotá respecto al arte urbano contrasta con la de otras ciudades latinoamericanas. La municipalidad de Buenos Aires elevó las penas por pintar en la calle y lo considera vandalismo. La alcaldía de Lima, por su parte, ordenó borrar los grafitis de varios artistas urbanos.

Las instituciones bogotanas también se han sumado a esta corriente que florece. El Museo de Arte Contemporáneo de la ciudad realizó este año una exposición donde se destaca la labor de colectivos callejeros como Joems o el colectivo MonsTruacioN. La alcaldía de Petro también encargó recientemente un enorme mural que cubre un edificio de ocho pisos de altura con el rostro del fallecido novelista Gabriel García Márquez por el que pagó 10.000 dólares.

"Es una manera de cambiar la perspectiva social de la ciudad y hacer un regalo a la gente", dijo Nicolás Castro, un artista de 21 años que trabajó durante 30 días en el mural del premio Nobel de literatura.

Pero incluso dentro de una legislación muy permisiva, la ley aclara que edificios como iglesias, monumentos nacionales, patrimonio público o señales de tráfico no pueden ser pintados y se fijan sanciones para quien lo haga.

"Esperamos que los grafiti continúen, es algo vibrante", dijo Clarisa Ruiz, secretaria de cultura Bogotá. "Pero también esperamos que los jóvenes lleguen a reconocer que no todo puede llevar grafiti encima".