Usando una herramienta con una cabeza cilíndrica, los erradicadores de cocales arrancan de raíz las plantas usadas para producir cocaína.

Cobran el equivalente a 17 dólares al día, o 510 al mes, que en Perú es casi el doble del salario mínimo. Y mucho más que los dos dólares al día que perciben cantidades de campesinos que viven en condiciones miserables.

Pero el suyo es un trabajo extenuante, bajo un sol abrasador y que requiere caminar hasta cuatro horas diarias, ya que las zonas de cultivo están a dos horas a pie, escondidos detrás de zonas llenas de vegetación, subiendo lomas y cruzando ríos donde por lo general vive una familia que escapó de alguno de los numerosos pueblos pobres de los Andes.

Un día reciente, unos 300 erradicadores comenzaron su jornada en Nueva Esperanza, un pueblo aislado de la selva amazónica. Desembarcaron de cuatro helicópteros UH-2H del gobierno estadounidense, que costea buena parte de su trabajo.

Son custodiados por unos 100 policías antinarcóticos peruanos con rifles, por más que ningún erradicador haya sido asesinado desde el 2012, el año en que Perú fue declarado el mayor productor mundial de cocaína. El director del programa de erradicación Juan Zárate dijo que 46 personas han muerto mientras destruían plantas desde que comenzó esta campaña en 1983. Agregó que en total hay unos 2.300 erradicadores.

Si bien los erradicadores destruyeron 55.000 hectáreas de plantaciones de coca en el 2013 y el 2014, no han sacado un solo arbusto de la principal región productora, el valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro, al sur de esta zona. Se calcula que hay 15 organizaciones traficantes de drogas en la zona.

Los pobladores saben que los cocales son ilegales, pero no tienen opciones. En muchas aldeas remotas no hay carreteras que las conecten con las ciudades para llevar a vender los productos alternativos como café o cacao.

Los servicios educativos son malos y los de salud lejanos. Se debe caminar cinco horas para llegar a una posta durante la mitad del año porque el río está seco

Los cocaleros, al igual que los erradicadores, son generalmente gente del empobrecido altiplano. Los campesinos observan en silencio mientras sus cultivos son destruidos. Los niños juegan en un río y ven pasar a los erradicadores.

Duermen en mantas de plástico atadas a árboles en zonas peladas. Si tienen suerte, acampan junto a un río en el que podrán bañarse.

Una vez al día llegan los helicópteros desde su base en Ciudad Constitución, trayendo agua potable y comida caliente. Los erradicadores trabajan ocho días seguidos y luego reciben ocho días de descanso.

En el último día de una misión de erradicación, mujeres y niños que perdieron sus cosechas lucen esperanzados.

Saben que los visitantes dejarán frutas y galletas que no consumieron y que compartirán de buena gana con la gente a la que le acaban de destruir los cultivos que les permiten sobrevivir.

AP