Sumiteru Taniguchi ha vivido durante 70 años con una red de heridas que cubren la mayor parte de su espalda mientras los restos de tres costillas medio podridas ejercen una presión constante contra sus pulmones, lo que le dificulta la respiración. Su esposa sigue aplicándole cada mañana una crema hidratante que reduce la irritación de sus marcas. No hay día en que no sufra dolores.

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Tenía 16 años y un trabajo como cartero cuando la potente explosión lo tiró de la bicicleta. Estaba a unos 1,8 kilómetros (1,1 milla) del epicentro de la bomba de plutonio "Fat Man" que estalló sobre Nagasaki el 9 de agosto de 1945 matado a más de 70.000 personas. Seis días después, Japón se rindió poniendo fin a la Segunda Guerra Mundial.

Hablando con un tono de voz débil y no sin esfuerzo, el mes pasado recordó la historia de cómo había pasado tres días vagando en un sueño, sin ser consciente de la gravedad de sus heridas. Sentía como una especie de girones de tela prendidos en su espalda, hombro y brazo: Era su propia piel.

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Pasó los siguientes 21 meses tumbado boca abajo, recibiendo tratamiento para su espalda quemada, la carne en descomposición y los huesos expuestos. Entrando y saliendo de un estando de inconsciencia, podía oír a las enfermeras que pasaban por el pasillo y se preguntaban unas a otras si el chico seguía respirando. Pensó: "Solo mátenme".

Taniguchi espera que nadie más tenga que sufrir por las armas nucleares. Preside un grupo de sobrevivientes de Nagasaki que lucha contra la proliferación nuclear, aunque su avanzada edad y una neumonía hacen cada vez más difícil que juegue un papel activo. Tras muchos años, sus palabras están teñidas de frustración.

"Solo quiero que esto acabe", dijo volviendo a colocarse la camisa.