Cuando los niños pequeños duermen, su cerebro sigue aprendiendo. Lo han constatado experimentalmente con bebés de entre 9 y 16 meses. Los neurocientíficos mostraron a las criaturas imágenes de objetos a la vez que les hacían escuchar nombres ficticios asociados a dichas imágenes.

Para poner a prueba no solo su memoria, sino también la facultad de crear categorías mentales, a algunos objetos que se parecían entre sí se les daba el mismo nombre.

Luego, un grupo de niños durmió una siesta de entre una y dos horas, mientras que el resto se quedó despierto en su carruaje o jugando. Tras este paréntesis, los resultados fueron concluyentes: solo los que se habían dormido recordaban las palabras vinculadas a las imágenes y eran capaces de asignar categorías abstractas a objetos similares.

Además, durante el experimento se les efectuó un electroencefalograma a los bebés. Esto permitió observar que la consolidación infantil de los conocimientos estaba directamente relacionada con el llamado huso del sueño, una fase en que los nervios situados entre el tálamo y la corteza cerebral generan una actividad rítmica de 10 a 15 ciclos por segundo. Esta actividad va decreciendo según cumplimos años.