Los guatemaltecos estamos hartos. En general estamos llenos de indignación, atiborrados de problemas, empachados de tanta corrupción, saturados de campañas políticas, hastiados de más de lo mismo, aburridos de que nos engañen, cansados de ser un país pobre y desencantados con la democracia.

Sin embargo, estamos despiertos. Ansiosos de que nuestro país realmente se convierta en la eterna primavera, deseosos de que haya más y mejores empleos, ambicionando que surjan oportunidades para todos, aclamando que las promesas se conviertan en obras, necesitados de salud, educación y seguridad y lo más importante: decididos a que surja un cambio.

En toda reunión de trabajo, social o familiar se habla de la situación del país. Estamos pendientes de la actualidad, del siguiente escándalo y de las últimas noticias. Nos sentimos vulnerables e incapaces. Desconocemos cuántas investigaciones hay, cómo se escogen y cuáles presentarán.  Y ante tanta desinformación y rumores, a veces entramos en desesperación y preocupación. Nos cuestionamos una y otra vez la capacidad del sistema de justicia, el compromiso del presidente y su equipo -casi desmantelado-, la solvencia moral del Legislativo, la capacidad de los órganos de control, la parcialidad de los medios de comunicación y el auténtico liderazgo de la sociedad civil. A veces tenemos una sensación de vacío, desesperanza y hasta depresión.

Pero pronto surgen los planteamientos de los políticos, los comunicados y pronunciamientos institucionales de lo que “hay que hacer”, pero realmente muy pocos sabemos hacia dónde ir. Se diseñan escenarios y se discuten probabilidades. Cuestionamos si para esto hay una receta, si existe una agenda oculta o si lo que hoy vivimos es el principio o fin de algo. ¡Parece una novela!

Al final vale la pena tomarse el tiempo para reflexionar, estudiar y analizar la situación. Debemos revisar la historia del país y la de otros, especialmente momentos similares para evaluar lo bueno y lo malo en lo actuado y para tantear consecuencias. Tenemos que ir al fondo o a la raíz de lo que está causando nuestros problemas y de forma seria y objetiva describir los puntos claves. Luego debiera plantearse una agenda mínima y acordar los cambios a seguir.  Los notables actores y grandes sectores del país deben discutir los cómos y los tiempos, dejar atrás sus posturas e ideologías y de forma efectiva trazar una hoja de ruta para tomar acción. Necesitamos una estrategia efectiva, consensuada y realista con visión de país que ilumine el camino por recorrer.

El movimiento #RenunciaYa ha sido valioso para que muchos guatemaltecos con su presencia física o en redes sociales expresen su hartazgo y demandas  –una catarsis colectiva que ha servido como un buen inicio–, pero será insuficiente para solucionar la situación. Tenemos un alto nivel de incertidumbre, por la desconfianza hacia quienes nos rigen y porque hay dudas razonables como: “¿Se iniciarán procesos legales a los responsables?” “¿Devolverán los recursos?” “¿Qué tantas mafias existen?” “¿Estamos aún en tiempo?” “¿Cuántos inocentes serán afectados?” “¿Quiénes deciden?”

Que hoy estamos mejor que hace un mes, sí. Esperamos pronto vislumbrar la luz y tener un rumbo a seguir para pasar de la indignación a la transformación. Tengamos fe en el futuro y seamos optimistas. ¿Cómo se siente usted? ¿Qué cambios haría? ¿Hacia dónde le gustaría avanzar?