Los nubarrones van juntando sus piezas. El mundo pareciera tropezarse con sus propios pies. El miedo derrota a la esperanza. Primero fue el triunfo del Brexit en junio. Ahora es el “no” en Colombia. ¿Será una victoria de Trump el siguiente capítulo de lo que sugiere ser una larga pesadilla? Ojalá no. Pero es perfectamente posible. Y de horror.

Ojo: no proclamo que la Unión Europea sea un dechado de virtudes y de lucidez, ni que los acuerdos pactados entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC fueran una maravilla. Sin embargo, algo terrible tiene que estar ocurriendo en el planeta como para que argumentos tan cargados de cinismo y de mentiras como los de Boris Johnson o Álvaro Uribe sean la referencia para tanta gente, en dos países tan distantes.

En el caso de Colombia me anima que la paz no se haya enterrado con el resultado del plebiscito. Fue muy bien articulada y sensata la respuesta de Santos, tres horas después de que se confirmó el resultado del referéndum, cuando dijo que les hablaba tanto a los que habían votado “sí” como a los que se habían decantado por el “no”. Lo hizo muy tarde, eso sí. Dicha conciliación pudo y debió haberla intentado antes. Aunque no se descarta que, igual, el uribismo lo hubiera boicoteado.

El resentimiento hacia las FARC es enorme. Y también comprensible. Fueron muchos los horrendos crímenes. Como también lo han sido los de los otros grupos armados enredados en esa guerra civil. Ejército y paramilitares incluidos. Cuando se firma un acuerdo de paz, jamás se firma lo ideal. Se firma lo posible. Guatemala es un ejemplo de eso. Claro: siempre se puede hacer mejor. Y esa es la apuesta ahora en Colombia. La serenidad ha primado hasta el momento entre las partes. Y no puede soslayarse que se han hecho planteamientos muy bien hilados y con fundamento que abogaron para rechazar el acuerdo. Sin embargo, es un peligro latente que el miedo alcance tanta fuerza. Y lo es porque apela a lo irracional. A lo primitivo.

Durante el debate entre Donald Trump y Hillary Clinton tal cosa fue evidente. ¿Cómo entender que el magnate neoyorquino se asumiera como “listo” por pagar menos impuestos y que incluso así siga con probabilidades de llegar a la Casa Blanca? Con una respuesta de ese calibre no solo debió quedar sin oportunidad de ganar las elecciones de noviembre, sino además tuvo que haber sepultado su carrera política. Pero no. Hay voces que defienden su “franqueza” al admitir semejante barbaridad. Y otras que admiran su astucia para no cumplir a cabalidad con el fisco. Total, el mundo al revés. Y de nuevo, he de afirmar que no me entusiasma Hillary Clinton, pese a su formación política tan estructurada y a su muy superior desempeño en el intercambio de ideas. Lo que pasa es que, comparativamente, la veo mil veces mejor que a un tipo abiertamente racista, misógino y bravucón.

La prensa sostiene que Trump interrumpió en 51 ocasiones a Clinton durante el debate. Eso es de escándalo. El país más poderoso del mundo podría elegir como presidente a un hombre prepotente, patán y sin control sobre sus emociones. Y eso, con tanto poder, resulta peligroso para el mundo. Sin embargo, gente que consideraba respetable como el exalcalde de Nueva York Rudy Gulliani lo ve como el más apto para ocupar el puesto. Así de patético. Y también aplaude su manera tan “sagaz” de aprovecharse de la ley para sus fines personales.

Nunca me ha entusiasmado el conservadurismo. Ni el de derecha ni el de izquierda. Me cuesta entender que quienes vituperan y denostan al mandatario venezolano Nicolás Maduro amen y veneren a Trump, siendo ambos tan parecidos en su mediocridad estridente. Ambos prometen lo incumplible y hacen alarde de ignorancia. Ambos son represivos y proclives al abuso. Ambos culpan a otros por sus crasos errores. La raza humana ha sido prodigiosa en su desarrollo tecnológico. Hasta de más. Pero si hablamos de su evolución como especie en cuanto a escoger a algunos líderes políticos, los dinosaurios pululan por doquier. Tito Monterroso sigue estando en lo cierto. “Y cuando despertó...”...