Me da gusto que Spotlight se haya ganado el Óscar a Mejor Película. Lo celebro como periodista sobre todo porque en estos tiempos de tecnología excesiva, abundan las voces que llaman a mis colegas a montarse en las tendencias dominantes, por superficiales que sean, con tal de no sucumbir. Y eso no es la función de la prensa. De hecho, el trabajo del reportero es de naturaleza totalmente opuesta.

Cuando se hace un periodismo útil y de real aporte, quienes investigan los temas cruciales de una sociedad han de ir contracorriente. Y presentar, con responsabilidad, las conclusiones y los hallazgos de su trabajo, siempre sustentados en fuentes pertinentes y documentos confiables. Sin sesgo. Sin dados cargados.

Sin hígado feroz ni cariñito indulgente. Distinguiendo capacidad de indignación de rencores personales. Es decir, no confundiendo el lógico rechazo contra crímenes de lesa humanidad o acciones corruptas que cuestan vidas, con las antipatías irracionales producto de las diferencias ideológicas. Por espinosa que sea la temática, la ecuanimidad y la rigurosa verificación deben ser la brújula que guíe los pasos del periodista. ¿Quién dice que los contenidos de calidad no pueden ser “virales”? En realidad logran ser algo incluso mejor, pues pueden llegar a ser “vitales” (Nuestro ambiente está plagado de contradicciones que sugieren estereotipos escritos en piedra. Muchos de quienes abogan por la pena de muerte son antiaborto. Muchos que van contra la pena capital no tienen reparos en interrumpir un embarazo. Pero no todos. Yo soy anti aborto y anti pena de muerte, con matices en cada uno de los casos. Si uno es creyente, de seguro asumirá que solo Dios puede empezar o terminar una vida. Y salvo en una acción hecha en defensa propia, no me imagino avalando la muerte de nadie. Y menos ejecutándola. Entiendo que una mujer víctima de violación pudiera verse tentada a abortar. No soy quién para criticarla. Y en los casos de aquellas que corren un altísimo peligro cuando esperan un hijo, no me opongo a que se les practiquen los procesos médicos correspondientes para evitar una tragedia mayor).

Vuelvo a Spotlight. El filme no solo es inspirador para el gremio periodístico. Lo es también para cualquier sociedad. Y especialmente para una como la nuestra, en la que urge desenmascarar a los poderes y a las mafias que atropellan sin rubor la dignidad humana. La Guatemala de hoy precisa, con profunda certeza, determinar sus grandes apuestas y luchar para que lo vivido el año pasado no acabe siendo únicamente un alegre espejismo. En ello, la prensa tiene mucho que descubrir y estimular. Como decía Arthur Miller: “Un buen periódico es una nación hablándose a sí misma”. Lo cual es válido para cualquier medio de comunicación e incluye, en un momento como el actual, un decidido factor de incitación a la ciudadanía (El respeto a la vida consta de muchos aspectos que, por desperdigados que graviten en el diario desempeño social, no dejan de conformar una idea definida.

Respetar la vida es, entre otras muchas cosas: no conducir borracho, no humillar a los débiles y no robarse el dinero del pueblo. Asimismo, no ultrajar a la naturaleza ni manipular el músculo político o financiero para hundir más, y sin piedad, a quienes ya tocaron fondo.

En Guatemala nos volvimos expertos en perfeccionar los mecanismos de muerte. Y aún nos mantenemos en esa senda infame. Creemos que a la violencia solo podemos enfrentarla con una violencia mayor. Rara vez nos detenemos a hacer el intento de pensar distinto. Combatir la impunidad es una manera efectiva y luminosa de enaltecer el arte de vivir. Es el esfuerzo generoso de perfeccionar otro tipo de mecanismos: los de vida).

Luego de ver Spotlight me convencí aún más de que el periodismo debe trazarse objetivos que sirvan para mejorar a la sociedad donde publica sus historias. Aclarar mitos equivocados. Escudriñar los argumentos puestos a circular de forma deliberadamente dolosa. Auspiciar el debate lúcido y vigoroso, pero a flexible y creativo a la vez. Nos quedan innumerables y arduas jornadas por delante. Y, como todo lo que es humano, los periodistas tendremos que hacerlo experimentando tropiezos e imperfecciones. “A veces se gana y a veces se aprende”, dice una frase que me gusta. Y sostengo con convicción que quienes luchan nunca pierden, aunque no ganen. El secreto consiste en no abandonar el camino antes del último paso. Hay que tener fe. Y constancia. Después del Óscar a Leonardo DiCaprio, todo es posible. Spotlight.