Todos los días ocurren crímenes en el mundo. Y todos son horrendos, pues son crímenes, al fin. La misma mañana en que se supo del infame y trágico ataque en París al semanario “Charlie Hebdo”, mataron a un piloto en una calle de la capital. A uno de los tantos. Y también de manera infame y trágica. La diferencia es que en Francia el repudio es espontáneo y activo, mientras que en Guatemala solemos inmunizarnos en la apatía. Solo para el asesinato de Rodrigo Rosenberg vi a gente movilizándose exigiendo justicia, lo cual es ya de por sí una aberración, considerando que la mayoría de vociferantes no volvió a poner un pie en las calles, en aras de hacer ciudadanía.

Masacrar al equipo de un semanario, en plena junta de planificación, supone algo más que un vil hecho criminal. Se trata de un deseo, siniestro y atroz, de doblegar un conjunto de valores. De poner en jaque a las sociedades libres. De obligarlas a vivir con un cepo de temores. Y eso es inaceptable, sea uno de izquierda o bien de derecha. No soy partidario del periodismo que insulta. Tampoco de aquel que sin documentar sus notas, y privando al aludido del derecho al descargo, desprestigia y lacera. Es de aceptar que existe permisividad en las leyes de muchos países para favorecer el libertinaje de expresión, antes que regularlo. Pero ni siquiera eso le da derecho a nadie de matar, menos con tanta saña, a quienes ejercen el oficio de la sátira, por ejemplo. ¿Qué, si no el sentido del humor, nos hace realmente humanos frente a los animales? El terrorismo no entiende de carcajadas. Como lo escribió el novelista español Javier Pérez Andújar: “Los malos no ríen”. Entiendo que aquí existen periodistas que, sin pudor y sin gracia, se aprovechan de su micrófono o de sus escritos para destruirles el nombre a quienes consideran sus enemigos, o bien sencillamente a los que osan no pensar como ellos. Pero por más fogosamente que hablen, o por más fluidez que tengan en la pluma, no dejan de ser canallas. Y también corruptos. Porque las difamaciones y los comentarios hirientes jamás son gratis. Quienes los ejercen siempre cobran. Y caro. Muy caro. Lo que, sin embargo, debería dar pie a que se les rechace o que se les margine, y hasta a que se les encarcele, pero no a que se les acribille a balazos. En eso tendríamos que concordar todos, seamos de derecha o de izquierda.

En Guatemala, es preciso defender la democracia que tenemos. Nuestra frágil y disfuncional democracia. Como lo sugería el poeta Carlos Sandburg hablando de ese mismo tema en el Estados Unidos de mediados del siglo XX. La libertad de expresión, un contrapeso que nos permite mantener a flote el barco democrático, es una conquista en la que no deberíamos permitirnos retroceder. Ni aquí ni en Francia. Eso sería catastrófico para nuestras aspiraciones como país y como planeta. Por ello, entre otros casos, alguien tiene que recomendarle al dueño de esos medios que favorecen a Manuel Baldizón que desprestigiar periodistas con verdades incompletas y mentiras sesgadas no es algo que le atraiga votos al precandidato de Líder. Todo lo contrario. Lo hace ver como una amenaza enorme para Guatemala. Sugiere que sus simpatizantes, como los que parecieran estar detrás de esas publicaciones, lo animan a hacer cualquier cosa para acallar a sus críticos.

Ningún periodista es perfecto. Todos somos humanos y todos tenemos resbalones en nuestras vidas. Mi amigo y colega Juan Luis Font, atacado de manera inclemente por medios que ni siquiera han incluido su versión en las notas en que lo nombran, ha incurrido en pifias, a pesar de ser un hombre brillante, talentoso y dotado de un oficio periodístico fuera de serie. Y cuando se ha equivocado, lo ha reconocido como un caballero. No se ve bien que pretendan desacreditarlo sin pruebas. Ni a él ni a nadie. Tildarlo de paramilitar es muy burdo. Y también vulgar. Alguien con dos dedos de frente que esté cerca de los dueños de esos medios tendría que decírselos. Porque si actúan así contra un periodista, uno tiende a pensar que el candidato al que alaban podría no disponer de la serenidad y del temple mínimo como para llegar a la presidencia. Sobre todo, con los múltiples focos de ingobernabilidad que hay en Guatemala. El periodismo que descalifica por encargo atenta contra la libertad de expresión. Es decir, contra la libertad. No podemos permitir eso. Ni con ellos ni con el resto de irresponsables, extremistas y faferos que usan espacios en otros medios para sacar adelante agendas oscuras y ocultas. En esto he pensado mucho durante los días recientes en que el terrible episodio de la masacre en París me golpeó la indignación, pero también la conciencia. Los actos violentos jamás son un recurso. Jamás, un argumento. Jamás son bendecidos por ningún Dios. En eso, me imagino, tendríamos que estar de acuerdo, seamos creyentes o ateos. Rojos o cremas. Pro vida o pro choice. Lo repito: O defendemos la libertad de expresión o nos hundimos. Aquí o en Francia. Seamos de derecha, o bien de izquierda.