Un abogado a quien apenas conozco, pero que no esconde su tendencia hacia la derecha, me dice esto cuando voy saliendo de un café: “Es una vergüenza que los medios le den tanta cobertura a Portillo. No entiendo cómo pueden dedicarle espacio a un delincuente. Deberían ignorarlo”. Es miércoles 25 de febrero, apenas dos horas antes de que aterrice el avión en que viene el expresidente. Contesto: “Lamento que le moleste, pero los periodistas no podemos ver hacia otro lado cuando hay noticia. Y sobre todo una tan obvia”. Mi interlocutor me ve con desencanto y, antes de darme su tarjeta, me cuestiona de nuevo: “Por culpa de la prensa, Guatemala caerá en el populismo. No acepto que lo reciban como héroe”. Entonces le digo: “Todo depende del enfoque. De lo que hay que cuidarse es de no plantear el trabajo periodístico como si se tratara de un Erick Barrondo”. Cordial apretón de manos y fin del encuentro. Uno de varios durante los días pasados. Este, por fortuna, sin argumentos hirientes de por medio. Me dirijo entonces hacia la radio. En el trayecto recibo la llamada de una amiga de izquierda que me invita a cenar. “No puedo”, me excuso. “Voy a la cobertura de esta noche. No se te olvide que hoy vuelve Portillo”. A lo que la entrañable intelectual me sale con un “¿cómo pueden prestarse ustedes a semejante sainete?” Mi respuesta es tres cuartos de lo mismo que la dada al abogado. Y el fin de la llamada es, asimismo, sin fricciones. Siempre es alentador que la gente opine con vehemencia, pero que no insulte ni ofenda. Eso es madurez. Ambos tenían sus razones; yo, las mías. E insisto: el hecho era noticia. Y lo comprobé cuando al otro día, por curiosidad, hablé con ambos de nuevo. Los dos descalificaban de manera casi idéntica el discurso de exmandatario. Y ojo con esto: No se habían perdido un minuto de la transmisión. Y estaban ansiosos de conocer más comentarios.Aparte de ello me impresiona que, entre las innumerables vestiduras rasgadas y las múltiples indignaciones de rigor, haya tantos que sean tan implacables contra Portillo, pero que toleren la corrupción y el desparpajo si el corrupto concuerda con su ideología o sus intereses. Doble moral que le dicen. Lo cual tampoco me impide entender a quienes lo rechazan recordando su demagogia y su discurso incendiario de antaño. Y es penoso ver a los mediocres políticos locales cortejándolo para que se sume a su proyecto. Eso nos pinta de cuerpo entero. Y muestra además cuán cerca estamos del colapso de este sistema. Por otro lado, no deja de ser llamativo que el discurso del expresidente haya sido tan conciliador, hilado y sensato. He aquí algunas de las frases: “...al pueblo ya no se le puede ofrecer lo que no se le puede cumplir”, “...pelearme con los empresarios fue un error....tal vez hubiera hecho más si no me hubiera distanciado de ellos... me pregunto si el sector privado es capaz de hacerse una autocrítica...”, “...es un crimen crear universidades solo para disponer de facultades de derecho”, “...si fuera por mi caso, que no siga la CICIG, pero considerando que el actual comisionado es serio, la Comisión puede serle útil al país”. Sin embargo, su bandera clave es la reforma del Estado, vía una asamblea nacional constituyente. Y esta, siendo deseable, reviste de un enorme riesgo, dados los políticos tan de baja estofa que hoy se ocuparían de modificar la Constitución. Y en eso no hay que perderse: dicho debate es para élites. La parte del discurso de Portillo que realmente tocó a sus seguidores fue la emocional. Cuando habló de sus duras experiencias en la cárcel, o de los molletes que le había preparado su mamá, por ejemplo. La voz del hombre que de tenerlo todo pasó a no tener nada, o viceversa. Y en especial este detalle: él ya pagó con cárcel algo de lo que se llevó; los otros, nada. La pregunta es: ¿Habrá aprendido la lección? El colega Mario Antonio Sandoval escribió una lúcida columna en la que afirma que Portillo se ha convertido en un esclavo de sus palabras, al declarar que no buscará un puesto de elección popular. Yo, por mi parte, considero que la prueba de fuego será no apoyar a ningún proyecto personalista, sino a uno de interés nacional, tal como lo dijo. Porque si decide respaldar a cualquiera de los candidatos con posibilidades de llegar a la segunda vuelta, terminaría contradiciéndose. Pero si pone su liderazgo al servicio de una propuesta realmente nueva, aunque no pinte ganadora, creerle va a empezar a ser posible. Mientras tanto, habrá debates y argumentos alrededor de sus asertos. Vehementes, respetuosos, con insultos, maduros y encendidos. Se le quiera o se le odie. Porque nos guste o no, el país se movió con el regreso de Portillo.