Conducir es siempre peligroso en Guatemala. Sobre todo en diciembre, cuando a cualquier hora hay borrachos al volante. Las estadísticas nos hablan de 45 accidentes diarios. Muchos de ellos fatales. Son las once de la noche. Voy por el bulevar Los Próceres y delante de mí veo un automóvil que literalmente transita en zigzag. Quien lo maneja, deduzco, tomó más de la cuenta. Y no teme matarse. Ni matar a alguien. Ni siquiera ser objeto de una sanción ejemplar, como perder su licencia de por vida. (En la casa del hombre que va al timón, a quien llamaremos Ricardo, su esposa Laura se angustia de pensar que, otra vez, su marido vendrá totalmente ebrio por la carretera. Debería de estar acostumbrada, pues lo hace con frecuencia. Mas no logra superarlo. Los tres hijos que tiene con él no le permiten desentenderse. Hoy que pagaron quincena, los riesgos son mayores. Ella reza un rosario, como le enseñó su mamá. Le pide a Dios.)  

Mi instinto de sobrevivencia me dicta que dejar atrás a ese carro es impostergable. Decido acelerar y librarme del peligro. Pero rebasarlo se vuelve un tanto engorroso. El zigzag continúa. Por centímetros me escapo de una colisión. Cuando estoy por reportarlo al 1551 de la PMT, siento alivio al determinar, por medio del retrovisor, que un autopatrulla de la PNC ya lo sigue de cerca. Doy por resuelto el caso y sigo mi rumbo. Me imagino que el borracho de ese automóvil errático se salvará, por la intervención de las autoridades, de arruinar su Navidad (o su existencia) por una tragedia vial. A lo sumo, me digo, pasará la noche en la carceleta de Tribunales y, de ser así, saldrá mañana bajo fianza. (Laura logra que Ricardo le conteste el celular. Su ansiedad crece al oírlo, porque es obvio que arrastra las palabras y que no coordina lo que dice. Ella le recrimina su irresponsabilidad, pero obtiene como respuesta el clásico y consabido “yo manejo mejor así”. Click. Fin de la llamada. )

Por mi mente pasan las múltiples y dolorosas historias de pilotos ebrios que han mutilado familias y que, por lo regular, quedan en la más oprobiosa impunidad. Durante mi trayecto, el coletazo de aire de dos autos deportivos que abusan de la velocidad y que casi me rozan en su endiablado arrebato, me causa cierta tensión y visos de desasosiego. Son demasiados los demonios que se pasan de tragos y después se creen corredores de Fórmula 1 en nuestras estrechas vías. El bagazo social, me digo. La gentuza. Los cafres.

La hora no es la más segura, pero decido abastecerme de gasolina, previendo economizar tiempo a la mañana siguiente. Me detengo en una estación muy iluminada, donde el espacio es amplio. Por extraño que parezca, hay cola en todas las bombas. Me toca esperar. Veo mi reloj; son las 11:15. (Laura oye que suena el teléfono de la casa, y no su celular. Rosario en mano, corre con pavor a contestarlo imaginando que serán malas noticias. Cuando oye la voz de Ricardo le regresa al alma al cuerpo. Su tono, entre autoritario y asustado, le sugiere que está en problemas. Y así es. La policía lo ha parado. Pero Ricardo le insiste a Laura que llegue lo antes posible al lugar.)

El servicio se torna lento. Transcurren doce minutos antes de que mi tanque empiece a llenarse por la vía del autoservicio. Me sorprende descubrir, en una de las orillas de la gasolinera, el carro al que antes había visto en zigzag en el bulevar Los Próceres. Dos agentes de la PNC argumentan con el ebrio. Mi cansancio apenas me permite observar con mayor atención. Pero al ver un automóvil que llega, del que se baja una mujer en pants, se me activan las alertas. Es evidente que se trata de la esposa del sujeto. Ni qué dudarlo. El hombre y esa coreografía de la necedad me indican el calvario que vive su mujer. Y todo apunta a que el problema se arreglará de manera pacífica con las autoridades. Lo cual se confirma cuando el conductor se sube al carro de su esposa. Pago mi cuenta. Me dan la factura. Sigo mi ruta. Me abstengo de “pensar mal” y, por ingenuo, no acierto.

(Laura llevaba Q400 en la bolsa. Estaban destinados a su cuchubal. Al percatarse de que Ricardo no podía mantenerse en pie, y frente a su inminente detención, decide ofrecerle soborno a los agentes. No es una operación complicada. La suma les llega al precio a los policías mordelones. Laura se lleva a su marido, pero va con la congoja de haber incurrido en lo que tanto critica. Y lo que es peor: es la primera ocasión que lo hace, pero seguramente no será la última. Llega a casa y se desgasta en el maltrato harto conocido de su esposo, el alcohólico que amenaza con golpearla. Se aferra a su rosario. Se lamenta de no haber dejado que se llevaran a Ricardo. Vuelve a pedirle a Dios.)

Por azares del destino me entero de los pormenores del episodio tres días más tarde. No conozco a la pareja, pero sí tenemos amigos en común. Todo coincide. Mi reloj marca otra vez la once de la noche. Conduzco de nuevo por el bulevar Los Próceres. Veo un carro en pleno zigzag. Podría jurar que es el mismo de “Ricardo”. Espero que ahora sea detenido por agentes de la PNC que no sean sobornables. Los hay. Yo cumpliré con reportarlo. Espero que no se mate en los próximos dos kilómetros. Pero sobre todo espero que no mate a nadie.