En este sistema, nadie es totalmente limpio. Es imposible serlo. Todos apañamos alguna corrupción, aunque sea de manera indirecta. A veces con nuestro silencio. A veces, no queriendo ver lo obvio. A veces por propia conveniencia. Porque es más fácil y manejable. A inmediato plazo, claro. Porque cuando se habla de hacer viable el país, la cosa cambia.

Ahí necesitamos cirugía mayor. Voluntad, no solo política, sino también la de no acomodarse. No podemos esperar que haya Gandhis por doquier. Eso también es cierto. Ni tampoco se pretende que los santos sean legión. Pero sí es inaplazable que haya los suficientes como para cambiar el rumbo de nuestra sociedad. No estar dispuestos a prestarse al tradicional negocio fraudulento “que todos hacen” ya es un enorme avance. O no tolerar el tráfico de influencias.

O no ignorar los conflictos de interés. O no comprar artículos robados. O no abusar del poder, sea este grande o menor. Los ejemplos pueden ser varios. Mas yo los resumo con unas palabras que rayan en el lugar común: cero tolerancia con lo que torture y ensucie la conciencia. Muestras de lo contrario hay muchas y grotescamente variadas. Lo que parece ocurrir en el ministerio de Salud nos lo retrata en la forma más lacerante. Desde las piñas por las que se pagan Q35 hasta los contratos leoninos que sangran al Estado con medicinas a precios de oro.

Como dice la canción de Carlos Varela: “Todos roban”. Roba el que adquiere la pelí- cula más reciente en su versión pirata: roba derechos de autor. Aunque argumente que lo hace “por ayudar al vendedor de la economía informal”. Roba el que se la pasa en las redes socia- les durante su jornada de trabajo: roba tiempo. Aunque cumpla formalmente con su horario. Roba el que hace campaña anticipada y encima tiene el cinismo de sostener, o que promueve las afiliaciones, o que se dedica a la filantropía asisten- cialista: roba la elección. La gane o la pierda. Es triste y desolador vivir en un ambiente así. A lo que se suma la perorata de tantos sinvergüenzas que, siendo delin- cuentes, se las llevan de probos y de pulcros. Como diría una excelsa actriz a quien quiero mucho: “Dime de lo que lo haces alarde y te diré lo que te hace falta”. Nos urgen liderazgos dispuestos a mojarse las botas. De nada nos sirven los sanos y aguerridos dirigentes de salón.

El activismo ciudadano que precisa la Guatemala de 2015 no admite la retórica del futuro gran estadista, sino que exige la acción y la palabra de gente que se comprometa con causas justas. Lo perfecto no existe. Eso lo sabemos de sobra. El Edén solo es posible en el Edén. En tal sentido, con lo humorístico que sonó cuando lo oí, el diputado Leonel Lira dijo una dolorosa verdad la semana pasada por la radio, cuando habló de las planillas para elegir diputados donde, juntos, se encuentran nombres equivalentes a Hitler, la Madre Teresa, Nerón, Mandela y Bin Laden.

Así es muy difícil. Entiendo que, en aras de avanzar, aunque sea poco a poco, se vea uno en la necesidad de compartir espacio con seres inde- seables. Pero hay un límite. Y es fundamental conocerlo. Lo malo es que, viendo listas de ese calibre, aún haya quienes insistan en equiparar a la Madre Teresa con Bin Laden, como que si fuera tan normal. Nos falta el coraje de denunciar a quienes en nuestro círculo o en nuestro gremio, a todas luces o en la alevosa oscuridad, son una cloaca de inmoralidades. Y en esa falta de coraje me incluyo.

Pero también señalo a varios colegios profesionales y sus tribunales de honor, que rara vez sancionan a quienes estafan y se aprovechan de los incautos. Insisto: En este sistema resulta casi imposible la honestidad completa. Siempre hay resbalones. La diferencia se marca en la circunstancia de cada quien, pero sobre todo en la disposición, holgada o mínima, para tolerar el agua turbia. Es tiempo ya de que esta sociedad castigue y desprecie la corrupción, si no con la cárcel, por lo menos con la