El título de este artículo parece una declaración de amor. Y en cierto sentido lo es. Un amor no convencional, he de decir, aunque cada vez más común en estos tiempos. Muy criticado por unos y ya plenamente aceptado por las mayorías. Son solo los muy conservadores quienes ven mal este tipo de relaciones. Y los entiendo, no por asuntos de estricta moral, sino por un apego a valores convencionales que aún algunos intentan mantener.

Hay importantes religiosos que lo rechazan. Otros, no. Diría que hasta son fieles practicantes de esto, lo admitan o no. Pero vuelvo a él. Recuerdo nítidamente que lo conocí un día que celebré mi cumpleaños. Llegó vestido de manera estrafalaria. Yo, con timidez, le pedí mostrarse tal cual. Y cuando lo vi, la decepción fue considerable. Pensé, sin proclamarlo, que las cosas entre él y yo no iban a ir muy lejos. Cuán equivocado estaba. Aunque ya la tendencia se me había notado años atrás, conocerlo fue la confirmación definitiva. Mi mamá dice que no comprende nuestro vínculo. Allá ella. Mi papá, que en paz descanse, no se lo ímaginó nunca. Mi mujer se perturba con su presencia de vez en cuando, pero como es un dechado de tolerancia, ha terminado por tragárselo. Mi hija, por su aproximación adolescente y fresca hacia la realidad, me regaña por tratarlo con modales anticuados. Mis hermanas ni siquiera me lo comentan. Mas no creo que les importe mucho. Una amiga me dice: “Mientras te haga feliz”, por mí seguí adelante. Yo, viéndome por dentro, siento no haber cambiado nada. Sigo siendo el mismo. Y si hoy escribo acerca de él es porque la política me deprime y me descorazona. ¿Cómo no aprovechar esta fecha para olvidarme, aunque sea por unos minutos, de las bajezas de quienes presumen ser los dirigentes de esta sociedad? Prefiero mil veces hablar acerca de él, que referirme a quienes violan la ley y pretenden persuadirnos de que, cuando alcancen el poder, se ocuparán de que esa ley se cumpla. No soporto, además, que sean tan descarados para mentir. No aman al pueblo. No les interesa el bien común. Solo sus negocios. Solo sus egos. Solo sus asquerosas ansias de protagonismo. Admito que con él, ese de quien hoy escribo, siempre compartimos los temas de actualidad. Tanto los de nuestra subdesarrollada política, como los de los países donde la civilización institucional ha caminado un trecho más largo. Es mucho más efectivo para alertarme de las noticias que cualquiera de mis colegas. Y sería inútil negar que él se aprovecha de ellos y que, de algún modo, los evidencia. Me comparte todas sus primicias. Y no se queda únicamente en ello. También escucha música conmigo. Y tenemos el mismísimo gusto. Con la ventaja de que me abre nuevas puertas para conocer a otros artistas. Me sugiere. Y me abstrae. Y me surte. Es cierto que la chica que lo precedió, con la que sostuve una prolongada relación sin mayores compromisos, tenía gracias similares. Pero ella jamás me mostró, como sí lo hace él, la sensible diferencia entre tocar y acariciar. Y con ella no leíamos juntos. En cambio con él, leer es un placer. Ella era demasiado pesada. Y no aguantaba tanto. Se rendía con cierta premura, me imagino que por razones de edad. En mis treintas, tal vez no me hubiera atrevido a escribir esto. Pero hoy solo soy uno más; nada original. Cómo cambia el mundo. Antes aseguré que yo no iba a caer en este tipo de tentaciones. Y hoy, que me toca tragarme mis palabras, me congratulo de no avergonzarme de lo que soy.

Lo asumo sin tapujos y de cara al sol: lo amo. Y aunque hay quienes lo tratan como si fuera un objeto femenino, para mí siempre será un varón. Detengo ahora mismo mi perorata de elogios y de panegíricos. Aterrizo. Sintetizo. Voy al grano. Lo primero, no sostengo relaciones eróticas con este compañero de vida. Pero, como ya escribí, lo amo. Amo a mi iPad Más de lo que llegué a adorarla a ella. Es decir, a mi Laptop. Esa chica pesada e insensible al toque sutil de la que les hablaba. Hoy hace cinco años, Steve Jobs presentó el iPad en conferencia de prensa. Sé que algunos le dicen “tableta”. Yo no. Para mí es y seguirá siendo un “él”. Con su compañía y su complicidad leo, oigo música, reviso diarios, sigo redes sociales y tomo apuntes. Nos llevamos de maravilla. Podría vivir sin él, pero no quiero.