Cuando de niño me enseñaron los símbolos patrios, la ilusión de algún día defenderlos me entusiasmaba mucho. Eran los tiempos heroicos de una juventud que quería cambiar el mundo. Yo, apenas aprendiendo a leer, percibía la vida con una buena dosis de miedo, producto del aire violento que imperaba en el ambiente.

Hablo de episodios como el asesinato del embajador alemán Karl Von Spreti (obra de las FAR), o de la represión militar contra los idealistas de entonces, o bien contra la población civil, en especial la del oriente. En mi casa se hablaba con dolor de la trágica muerte de Tomasito, hijo de unos amigos de mis padres y parte del grupo adolescente de mis hermanas mayores. Tomasito estaba vinculado con la guerrilla.

Mi recuerdo de él es difuso. Pero su valentía soñadora nunca la olvidé. En aquellos años, dar la vida por la Patria no era solamente un escenario de horror, sino también una página que se escribía con honores que de algún modo convidaban a ser imitados. Nadie en aquel lejano principio de los 70 se imaginaba la carnicería que un decenio después íbamos a sufrir. Nadie. La visión era demasiado espantosa como para considerarla factible. En tal sentido, Guatemala ha escrito miles de relatos sangrientos y sádicos. El asesinato selectivo ha sido un actor, tan despreciable como permanente, en nuestra historia contemporánea.

Antes, con fines de aterrorizar. Después, con fines de darle mantenimiento a ese recurso del miedo. Ahora, con fines diversos que pasan por el despreciable sicariato por extorsiones o por venganzas. El crimen, de donde venga, ha impuesto “su ley”. Y eso solo les favorece a quienes lo integran, ya sea desde el hampa más ordinaria hasta los funcionarios corrompidos del Estado que se asocian entre sí para mantener el control de sus asquerosos negocios.
Hasta hace exactamente dos meses, eso parecía inexorable. Era como un destino sin remedio para un país condenado. Pero en dos meses, las conquistas ciudadanas han alcanzado muchas cosas, entre ellas, la forzada renuncia de una vicepresidenta cuyos abusos habían construido un hartazgo que, siendo franco, tardó demasiado en evidenciarse con acciones.


El pasado sábado hubo menos gente de la que yo esperaba en la Plaza de la Constitución. No porque fuera poca, que no lo fue. Es porque no es más, como debiera. Porque esta es la primera vez, en 40 años, que la ciudadanía, es decir el pueblo, tiene la oportunidad de poner en su lugar a la rapiña que nos ha gobernado desde que tengo memoria.

Es la primera vez que, de manera pacífica y respetuosa, la voz de las mayorías puede hacerse oír, sin acarreos de unos o de otros, ni intereses gremiales específicos, sean estos legítimos o no. Es cierto que no hay liderazgos confiables para guiar la protesta. Eso es obvio. Y da risa, si no lastima, ver cómo ya algunos candidatos pretenden adueñarse, tímidamente, del clamor popular que ha cimbrado al país en estos últimos 60 días.

Sigo pensando que es un error, en algunos casos con deliberado dolo y en otros por insensata inmadurez, tratar de insertar en estas manifestaciones los reclamos que nos dividen y nos distancian. Pero aún confío, y mucho, en que el movimiento y su persistencia logren su cometido original: poner un “hasta aquí” a la delictiva clase política que se aprovecha del poder con codicia depredadora, y a esa –la misma-- que lo busca con ansias enfermizas y derrochadoras.

La resistencia de quienes capitalizan este sistema es y será implacable. Y a esos mafiosos solo puede doblegárseles con un esfuerzo colectivo que precisa, a su vez, de arrojos individuales que divulguen el mensaje.

He aquí una idea: me encontré el pasado sábado en la Plaza con tres compañeros de mi promoción del bachillerato. Posiblemente había otros en el lugar de los que compartimos años atrás salón de clase. Pero en la próxima manifestación ya nos estamos organizando para ir los más posibles, juntos. Eso puede replicarse en otras promociones de cualquier año y de otros centros educativos de ayer y de hoy. O en familias enteras. O en grupos de trabajo. O en “cuates de parranda”. No importa de dónde provenga la convocatoria.

Lo esencial es que la haya. La idea conversada con mis amigos es esta: si se logra que de los 30 que nos graduamos en 1981 logramos que asista la mitad, el triunfo será enorme. Y si alcanzamos influir en otras promociones, la victoria será resonante. No digamos si, además de protestar, nos unimos para darle seguimiento a algún tema determinado. Abundan los chats que sirven, básicamente, para compartir memes o bien para establecer sitios de reunión para juntarse en aras de la diversión.

Esos mismos chats pueden servir también para estimular el ejercicio de ciudadanía. Es cómodo y sexy despotricar contra la corrupción desde la pasiva conveniencia de una sala. Fácil es criticar a los truhanes de la política desde la poltrona de una zona cómoda. Pero eso no es suficiente. Y todos lo sabemos. Mientras más gente se entere de lo que Guatemala necesita para ganar esta batalla, y que además se involucre para lucharla, mejor nos irá como sociedad y más satisfechos nos sentiremos como individuos.

La presión debe seguir. Pedirle la renuncia a Otto Pérez Molina es solo una de las demandas concretas. Exigirle al Congreso que trabaje y que respete al pueblo es otra. Pero la más importante de todas, la vital, es advertirle al próximo presidente, gane quien gane la elecciones, que los abusos de siempre no los vamos a tolerar más. Que el saqueo descarado y cínico no lo permitiremos como antes. Que los negocios lesivos al Estado, con hospitales sin medicinas y escuelas sin pupitres, no van a ser aceptados por la población, aunque ello nos obligue a exigir las dimisiones que sean necesarias de aquí en adelante.

Defender los símbolos patrios y ser responsables con el futuro que se construye hoy pasa por no abandonar a los manifestantes que han mantenido vivo este júbilo ciudadano. Es mediocre, miope y mezquino quedarse cruzado de brazos en este episodio histórico. Esto lo escribo, con todo respeto, para los que aún no han ido a la Plaza.