Nos cuesta aceptar que Guatemala vive un momento particularmente optimista en relación con los últimos 20 años. Tal vez porque quisiéramos más. O porque lo vertiginoso de lo ocurrido nos apabulla y evita, por ello, que nos percatemos de lo caminado. Nuestra corrupción transversal y multifacética es una fiera dura de domar. Una fiera que, aunque herida, seguirá dando zarpazos. Es inaplazable: La sociedad debe buscar articularse y tomar acciones para apoyar al Ministerio Público y a la CICIG. El país necesita de gente que se interese y se apasione por el compromiso de construir un Estado vigoroso y saludable. Y que ese interés y esa pasión se contagien. A propósito de eso, hay objetivos en el corto plazo que son “para ayer”. Uno, que los hospitales nacionales estén abastecidos. Y también que el lucro implacable con los medicamentos se termine. 

    Según declaró el diputado Leonel Lira, hay tres grandes maneras de hacer negocio sucio en ese rubro: adquirir sobrevalorado, simular una compra que nunca sucede y surtirse de productos vencidos. Cualquiera de las tres es un crimen de lesa humanidad. Y tanto las autoridades judiciales como las voces civiles deben poner el grito en el cielo contra quienes se han forrado de dinero con esas infames transacciones. Y lograr que se les condene. El presidente Alejandro Maldonado Aguirre considera el suministro en la red hospitalaria como la principal prioridad de su gobierno. Lo cual es perfectamente entendible, dado lo agudo de la crisis. Tengo fe en las investigaciones de la fiscalía y de la Comisión en tal sentido. Y confío en que éstas llevarán a la cárcel a quienes han medrado a costa del sufrimiento de los guatemaltecos, que han padecido o muerto por falta de dinero para agenciarse de una medicina, o bien por las precariedades que han regido en los centros asistenciales. 

   La emergencia que vive el sector salud tendría que motivar una cruzada nacional similar a la que se dio cuando se destaparon los escándalos de La Línea y del caso IGSS-PISA. Y no solo se trata de llenar la plaza y exigir que se castigue a los responsables. Es igualmente crucial que se le brinde a esta administración, el respaldo pertinente y la presión que corresponde para que revele el mecanismo ruin con que se han hecho millonarios los delincuentes que estafan al Estado de las tres formas mencionadas por el diputado Lira. Y así sucesivamente. Lo que no podemos permitir es que el impulso que se trae de las manifestaciones de los sábados, se diluya por nuestra propensión a no encontrar puntos de encuentro, como la corrupción, que nos acerquen aunque seamos ideológicamente diferentes. 

   Yo comprendo que nos parezca extraño ver hacia el futuro con esperanza. Antes del 16 de abril, el panorama era negro y desolador. Tanto, que hasta el exilio era una opción que no se descartaba en algunos casos. Pero el optimismo por comparación no debe hacernos caer en una ilusión “fresa” de la realidad. Aquí queda mucho por qué seguir luchando. La desigualdad sigue siendo cruenta. Nuestro racimo es proverbial. Y la carencia de oportunidades es la norma. El Estado no ha dejado de ser una fabrica de privilegios para unos cuantos. Y mientras no consolidemos una reforma política contundente, esos corruptos tozudos y hampones se las arreglarán para seguir robándole al pueblo, aunque ahora les dé miedo que los sorprendan por las escuchas telefónicas y el desempeño profesional de nuestra renovado ente investigador. 

Nada puede cambiar tan a prisa como queremos. Y dado el pobre manejo del presidente electo en el caso de José Ramón Lam, no es de extrañarse de que las sorpresas que nos aguardan sean desagradables. Jimmy Morales debe apuntar muy bien en su cuaderno la lección que este episodio le ha dejado. Porque, aunque no salió bien librado de éste, aún le quedan 65 días para que le impongan la banda presidencial en el pecho. 

Está claro que el mandatario, por fuerte que sea, no dispone de todo el poder. Por lo cual coincido con quienes opinan que las tres o cuatro prioridades del próximo gobierno tendrían que plantearse de manera muy clara, para así evitar el desatino del enfoque disperso. Lo mismo aplica para la ciudadanía. Por el momento, es el sector salud el que debe preocuparnos y ocuparnos. Es ingrato lo que ha sucedido en ese tema. Las deudas son de múltiples millones. 

Muchos médicos laboran en condiciones deplorables. El servicio deja mucho que desear. Pero si nos concentramos en resolver lo posible en la red hospitalaria, habremos dado un paso significativo. No es sencillo lo que el ministro del ramo tiene como desafío. Tampoco lo que sufre la población. Trabajar en equipo es lo único que nos queda. Una cosa a la vez.