Por fin se terminó el proceso electoral. El más largo del que yo tenga memoria. El más accidentado. El que más temores infundió. El más peligroso. El que ojalá sea consignado en la historia como el que cambió al país, no tanto por quienes han ganado en las urnas, sino por quienes perdieron.

Estas serán, de algún modo, las elecciones de la CICIG. Y del Ministerio Público. Y ojalá de la Plaza. Y escribo “ojalá”, porque si la ciudadanía vuelve a dormirse, el tigre del hampa nos inundará de zarpazos. Y eso sería fatal.

El resultado del domingo ha sido contundente. En el escrutinio y en lo que este significa. Se patentiza, y en serio, el rechazo al modelo corrupto que ya estaba instituido en la política criolla. Un rechazo que deberá consumarse cuando una nueva y efectiva ley electoral modifique los incentivos perversos de quienes ven en el Estado un sinónimo de botín. Y las razonables dudas acerca de si el presidente electo dará la talla, me obligan a darle vuelta al planteamiento: no se trata de si Jimmy Morales es capaz de comandar la nave gubernamental; se trata de si la ciudadanía permitirá más abusos, sean de él o de cualquiera. He ahí el verdadero reto. Y no es precisamente en el nuevo jefe del Ejecutivo con quien debe empezar esa fiscalización. Los ojos de la gente tendrán que fijarse primero en el Congreso que se instalará en enero. Seguirle los pasos. Y auditarlo. Porque es en los diputados malandrines donde el sistema perverso podría buscar oxígeno para recuperar fuerzas. Hablo de esos que, pese a no ser la totalidad, son más de los que quisiéramos. No permitiendo que tomen posesión los que son contratistas del Estado es un camino para mantenerlos contra las cuerdas. Y antes de que llegue diciembre, cuidando la aprobación del presupuesto 2016, con la actual legislatura.

Espero además que los procesados por la CICIG y el Ministerio Público, que sean culpables de saquear el erario nacional, sufran condena. Es de vital importancia que quienes ejercen función pública se sientan vigilados. Asimismo, que algo muy similar al miedo los inhiba de robarle al pueblo. Esa es la única manera por ahora. Nadie debe librarse del peso de la ley. Nadie. Lo cual implica que los poderes fácticos, sean de cuello blanco o de cuello negro, sientan la presión y el apremio, pues los abusos no solo provienen del narco y sus sucedáneos, sino también de algunas de “las mejores familias”.

Resulta inevitable brindarle el beneficio de la duda a Jimmy Morales. Mezquino sería no hacerlo. Pero él sabe muy bien que la ciudadanía tiene ahora la mecha corta. Que el estallido social está a la vuelta del primer desmán. Según yo, la clave para que no fracase radica en la humildad con que enfrente el descomunal desafío que le aguarda. Y que esa humildad se mezcle con el carácter suficiente como para rechazar las múltiples ofertas malignas que le hagan. Jimmy Morales es un hombre listo. Supo aprovechar su momento y montarse en la ola cuando la oportunidad se le presentó. Su compañero de fórmula, Jafeth Cabrera, proyecta una serenidad que puede ayudar mucho a la hora del vendaval que les espera. Si pretenden terminar su periodo tendrán que ser sagaces y cautos. Que ni se les ocurra desafiar a la Plaza. Que ni piensen en confiarse intentando maromas bajo la mesa. Sería su acabose. Es cierto que no pueden complacer a todos. Pero, como lo dijo el Procurador de los Derechos Humanos, Jorge de León Duque, si las nuevas autoridades actúan con transparencia y honestidad, la gente terminará siendo comprensiva con sus ejecutorias. Aunque, claro, sin que medien abusos de ineptitud, lo cual es un añadido mío. No se pide perfección, pero sí coherencia. Y que la lectura de los tiempos sea lúcida y comprometida. Corrupción no es únicamente embolsarse el dinero público; también lo es nombrar incompetentes que desperdicien los escasos recursos del Estado.

Había mejores candidatos que Jimmy Morales entre los que se quedaron en la primera vuelta. Varios. Pero casi ninguno encajaba en el oportuno “outsider”, tan anhelado antes del 16 de abril. En esa coyuntura, la suerte fue para Jimmy. Hace cinco meses, ni él se imaginaba lo que iba a suceder. Y por eso se lo recuerdo: lo que fácil llega, fácil puede irse. Sobre todo, cuando se presta oídos a los lambiscones y a los mediocres. Un Jimmy endiosado y soberbio puede perfectamente terminar en la bancarrota de su defenestración.

Entiendo a quienes se sienten decepcionados por el desenlace de esta campaña de casi cuatro años, en la que el sistema pareciera no haber cedido aún lo suficiente. Pero también imagino una Guatemala a punto de ser gobernada por el partido Líder, en la que la democracia hubiera podido caer en el abismo.

No propongo resignaciones negligentes. Ni siquiera pretendo comunicar optimismo. Pero no me preocupa tanto que Jimmy Morales dé o no la talla como presidente; me importa más que la ciudadanía dé la talla para no consentir los vejámenes y los atracos de siempre. He ahí el verdadero reto.