Me han dicho desde siempre que ilusionarse más de la cuenta trae consigo enormes decepciones. Y lo he sufrido en alma propia varias veces. Conozco ese dolor. Sé lo que significa el fracaso cuando uno espera lo que excede a lo posible. Pero aun así, no veo situación personal de mayor desolación que aquella en la que el verbo “creer” no palpita en el pecho. 

Lo menciono por la coyuntura actual. Sabemos de sobra que la corrupción de hoy podría ser peor comprada con la que pareciera venir. Sabemos también que con esta ley electoral y la pobre oferta política que domina las encuestas no hay hacia dónde ver con esperanza. Asimismo, está claro que el país no va a resolver sus problemas de la noche a la mañana. El cuadro clínico de Guatemala es de pronóstico reservado, y a ratos se asoma al colapso en la sala de urgencias. E incluso así, en vez de ver nubarrones en el horizonte, intuyo la posibilidad de un día soleado. Siento que existe la oportunidad de transformar en verdadero punto de inflexión, la crisis política que enfrentamos desde hace 20 días. La luz toca a nuestra puerta con insistencia. De nosotros depende abrirla o no. Y pienso que, sin exagerar de más la nota optimista, lo estamos haciendo. El caso abierto por la CICIG y el Ministerio Público contra una red delictiva que defraudaba las aduanas es el hecho generador que despierta la conciencia ciudadana. Y esa conciencia logra encender a la gente y por ello se suscitan acciones como la manifestación del 25 de abril, así como las sucedáneas que centran sus exigencias en la renuncia de los jefes del Ejecutivo, especialmente la vicepresidenta. 

Todo ello muestra un poder ciudadano. Y quienes lo han probado en esas marchas catárticas empiezan a entender de lo mucho que se habían perdido por su prolongada apatía. Es como quien da el primer beso ya entrado en años, y de pronto descubre que la vida tiene sentido y que las flores son de otro color. Es entonces cuando se le antoja besar al ser amado de lunes a domingo y a toda hora. Y se vuelve difícil interrumpir semejante obsesión amorosa. Muy similar veo a la población que se subió al caballo de la participación. Y considero poco probable que la abandone por desidia o aburrimiento. Yo confío cada vez más en el hartazgo de la gente en cuanto a su repugnancia por el saqueo descarado y criminal. Las redes sociales son el motor de eso por ahora. Mas no se quedará ahí el movimiento. Particularmente si ese poder ciudadano logra doblegar la necedad y la ceguera de los funcionarios que se aferran a sus puestos, ignorando lo que la historia les exige a gritos. Es de recordar que, si de madurez se trata, la ciudadanía debe estar consciente de que la CICIG no es el club de Superman, y que este caso de las aduanas es tan solo uno de los varios que asedian con hampona inclemencia a las arcas nacionales. E insisto en lo que he mencionado en anteriores escritos: no hay que esperar milagros en el corto plazo con los casos judiciales. 

Lo que sí cabe y es absolutamente viable es enfocar con lucidez la presión de las manifestaciones. Es de aplaudir que la población haga sentir al Ejecutivo los pasos de animal grande que la indignación en masa produce. Pero el Poder Judicial no debe quedar exento de eso. Y ojo: no digo que los jueces resuelvan de acuerdo con la presión popular, sino que se vean obligados a decidir conforme a derecho, sin la posibilidad de transar de mala manera y que después no pase nada. Como lo apuntó con certeza Manolo E. Vela Castañeda en su artículo del domingo en “elPeriódico”, “el miedo, ahora, está donde debió haber estado siempre: del lado de los mafiosos”. Y ese miedo solo se logra por medio de una ciudadanía valiente y activa.

Yo espero que la protesta del 16 de mayo sea apoteósica no solo en el número de asistentes, sino además en la claridad de su mensaje. Para entonces, no descarto que otras movilizaciones ya hayan ocurrido y que esto le pese, tanto a quienes nos gobiernan como a quienes pretenden llegar al poder. Preocupa, sin embargo, que no surjan liderazgos confiables que articulen el rechazo hacia la corrupción en una cultura que se sostenga para el largo plazo. He ahí el reto. Pero me ilusiona, y mucho, la creciente evidencia de que no nos dejaremos ultrajar tan fácilmente por esta clase política tan cínica y delictiva. Los tiempos propicios para que el presidente Otto Pérez Molina solvente con cierto decoro esta debacle agotan cada segundo sus relojes más resistentes. Léase: o toma una decisión pronto, o la decisión se lo tomará a él. Imagino que su ánimo debe estar por los suelos. Y que las sombras del aislamiento no lo dejen dormir en paz. Ha de ser horrible gobernar entre la espada y la pared. Mientras tanto, el entusiasmo sube entre la población para exigir en las calles y en las plazas una respuesta. Las acciones de protesta precisan de una conquista. Y no cesarán hasta conseguirla.

Ya sé que ilusionarse demasiado es peligroso y hasta iluso. Lo he sufrido en alma propia. Pero hoy, con todo y nuestros patéticos antecedentes de indolencia, creo que la oportunidad nos está tocando a la puerta con singular insistencia. No me doy permiso para hacerme el sordo. Y aunque pido desde ya perdón si me excedo en el optimismo, creo que algo bueno puede salir de esto. Hasta creo que la presión de un voto razonado podrá ser capaz de enfrentar con dignidad, y resultados, esa oferta viciada por candidatos sin moral que perdieron legitimidad en la campaña anticipada y en el transfuguismo vulgar. Sí: creo en el poder ciudadano. Creo en la gente. Creo en nosotros.

Reflexión

“El miedo, ahora, está donde debió haber estado siempre: del lado de los mafiosos. Y ese miedo solo se logra por medio de una ciudadanía valiente y activa”.