¿Por qué querría alguien ser presidente de Guatemala? ¿Por héroe o por villano? ¿Por súper honrado o por súper canalla? ¿Soñándose como artífice de un mejor país, o bien solo para fotografiarse con la banda en el pecho y así saciar su megalomanía delirante? Las delicias del poder seducen; los humanos solemos resbalarnos en la cáscara del halago. Por ello, en Guatemala es usual que quienes buscan la primera magistratura lo hagan siempre con una visión egocéntrica y de negocio. No aspiran al bien común. No se la juegan por la bandera. No se ven cual redentores de una tierra que agoniza ni tampoco como impulsores de un verdadero cambio. A sabiendas del inminente colapso de las finanzas del Estado, únicamente un altruista o un mafioso querrían llegar a la Casa Presidencial. 

El altruista, porque cree que la nave puede enderezarse con honestidad y buenas prácticas. El mafioso, porque mientras haya botín para embolsarse, posteridad digital junto a los famosos, pleitesía de ciertos empresarios, manejo de vidas y haciendas, butacas en primera fila y lambisconearía a granel, por ellos que el país se hunda. A los malandrines le viene del Norte que no haya medicinas en los hospitales. O que se caigan los edificios escolares. Porque saben de sobra que si se enferman irán a un hospital cinco estrellas y que sus hijos asistirán a colegios privados donde no falta nada. No les interesan las penurias de la población. Tampoco les ofende que los sindicatos vendidos sigan ensuciándose. Mejor para ellos. Así los siguen comprando y usando, tal y como buscan comprar y usar a los más necesitados con sus clientelares y a veces humillantes programas contra el hambre.

El político correcto se avergonzaría de alcanzar cualquier puesto de elección popular, habiéndose robado la salida. O echando mano de financiamiento oscuro con origen criminal. Por el contrario, el político sucio ve dichas “faenas” como parte normal de su modus operandi. No le abochorna hipotecar al país con tal de cumplir sus aviesos objetivos. Ni desplazar a sus más cercanos y leales, con tal de obtener recursos para la campaña. Ni siquiera le importa (nunca le importó, de hecho) traicionar al pueblo. No le conmueven ni le preocupan las carencias diarias que sufren esos a quienes regala láminas o bolsas con comida, y a quienes abraza con asco disimulado durante los mítines, esperando que el fotógrafo capte con precisión su teatro mal hecho de fingida sensibilidad social. Quienes se meten hoy a jugar a políticos son en realidad maleantes que suspiran por protagonismo. Mediocres que no lograron mayor cosa en sus carreras, y que ahora, aprovechándose de la escasez de cuadros, saltan al ruedo a ver cómo se aprovechan del fraudulento e insaciable festín de millones a costa de los más pobres.

Escribo lo anterior para arribar a lo siguiente: si los guatemaltecos creemos que ya ganamos la guerra con la renuncia de Roxana Baldetti y los jaques en que la CICIG y el MP han puesto a algunos de los corruptos de turno, la equivocación es grande. Es cierto que son conquistas nada despreciables, pero apenas muestran que se han librado algunas batallas con éxito. Para ganar en serio necesitamos mas. Mucho más. Los desalmados no dejan su reino de impunidad y de sangriento lucro, así como así.

Faltan 70 días para las elecciones. Dudo de verdad que se cambie la fecha de estas. Y aseguro que el Congreso carece de la mínima voluntad para avanzar en la agenda legislativa exigida por el clamor de las calles, pues no se ejercen sobre sus líderes las presiones suficientes como para que modifiquen, en este corto lapso, la Ley Electoral y de Partidos Políticos. Y que además lo hagan en buena lid. De la primera vuelta en adelante, a los diputados ya no les interesará cuidarse de un estallido ciudadano, porque ya estarán reelectos o con los días contados para entregar la curul. Si queremos cambios en el modelo corrupto que domina nuestra política, es preciso lograrlos de aquí a septiembre. Y con el reto adicional de vigilar muy de cerca a los legisladores mañosos, que abundan, para que no terminen dañándonos con una medicina peor que la propia enfermedad, sacándose de la manga enmiendas fallidas o truculentas para esa normativa tan crucial.

Lo mismo sucede con los candidatos a presidente. Gane quien gane, el mandatario modelo 2016 debe saber que la población no va a permitirle los abusos y los excesos “tradicionales”. Pero eso hay que recordárselos a diario durante este remedo de campaña. A diario y con fuerza. Porque, tal como lo escribí al principio, quien aspire hoy a la primera magistratura del país, o es héroe o es villano. O es súper honrado o es súper canalla. Usted revise la oferta y me dice. Sin mucho escarbar. ¿Acaso ve entre los que pueden ganar las elecciones, algo que le entusiasme? Ya sé que hay algunos que podrían intentar un trabajo decoroso. Unos pocos que tienen nombre que cuidar. Pero sus números son muy bajos en las encuestas, entre otras razones porque no se robaron la salida. Porque no aceptaron los millones de dudosa procedencia para su campaña. Porque tampoco hipotecaron su voluntad con el crimen ni con las mafias. No todos, aclaro. También en la parte baja de los sondeos hay lacras. Pero asimismo excepciones. Las menos; las ínfimas. Y de estas hay que partir. Sin dejar de asediar el cántaro para que el agua de nuestras voces por fin lo rompa.

Nos faltan años de lucha para que en Guatemala llegue gente honesta y preparada al poder. Me anima pensar que ya empezamos. Pero por otro lado me inquieta el excesivo conservadurismo imperante y la timorata “prudencia” en esta etapa tan decisiva. No abogo por un Golpe ni por trucos de baja estofa que riñan con la ley. Eso nunca. Solo pido que la tan cacareada estabilidad, de la cual carecemos, no nos termine llevando, por inacción, a ser presa fácil del próximo corrupto que se siente en la silla presidencial. Medítelo por un instante: ¿Estaremos a las puertas de un héroe o de un vilano? ¿Nos encontramos más cerca de un súper honrado o de un súper canalla? Si conoce la respuesta, ya sabe qué hacer. Nunca o ahora.