Estoy triste sin derecho a estarlo. Me quejo sin nada verdaderamente grave qué resentir. Me aturde mi laberinto, aunque sepa que la salida se encuentre a la vuelta de una decisión. Así de fácil; así de simple. Es decir, todo lo contrario de quienes padecen la tragedia de El Cambray. Para ellos, cada día es un martirio. Cada día se evidencia más el tremendo golpe que el destino les asestó. Cada día está más cerca la aterradora noche del 1 de octubre. Admiro profundamente su valentía. Y su coraje. Y su fuerza. 

Me asumo cobarde por sentirme acorralado frente a asuntos de tan escasa relevancia, como esos que nos asedian en el diario vivir y que se resuelven muchas veces con solo no prestarles atención. Y por más que a mi espíritu, en su versión alicaída, le cueste levantarse cuando suena el despertador, nada se compara con quienes realmente sufren. Con quienes atraviesan el desasosiego de un Niágara existencial que ni siquiera les permite aspirar a una bicicleta. Con quienes se despiertan atrapados por un fiasco interno, a la espera del inminente colapso cotidiano. Acabo de escribirlo: No tengo derecho de quejarme; no me siento en posición de protestar. Y lo reafirmo incluso más, luego de oír una estremecedora historia de El Cambray. 

Un colega me cuenta que le desgarró el corazón ver cómo rescataban el cadáver de dos niños. Y que jamás olvidará a una madre escarbando en la tierra con sus propias manos, desesperada por encontrar a un hijo perdido. Es sobrecogedor cuando un ser humano lo pierde todo. Cuando un desastre se ensaña con tanta gente, como si de arrasar almas se tratara. Por eso no me alcanzan mis angustias como para solicitar un salvoconducto hacia la queja. No cuando recuerdo a las familias mutiladas por el alud. Eso es sobrellevar penas en serio. Eso es escalofriante. Me digo: por despiadados y ásperos que se me presenten los tiempos, mi laberinto no se asemeja con ningún calabozo indescifrable ni con el vértigo espectral de la desdicha.

Las noticias abundan en la Guatemala de 2015. Cuando no es un allanamiento múltiple es una audiencia judicial llena de revelaciones. Pero todo eso ha pasado a segundo plano con lo ocurrido en El Cambray. Es cierto también que las elecciones no despiertan entusiasmo. No conozco a nadie que vislumbre con júbilo la segunda vuelta. Como que el alegrón del 6 de septiembre ya pasó. No se ve rendija en este atribulado y confuso túnel. Se intuye desacierto y desolación. Son otras penurias las que nos flagelan. La desventura de Santa Catarina Pinula, por ejemplo. Esa que en un año tan intenso y agitado como este, se apunta en los libros de historia como una de las peores tragedias desde el terremoto de 1976. Así de horrible. Y con un camposanto en puerta; un camposanto de secuelas infinitas.

Confieso que intuí que algo pavoroso había sucedido desde el primer aviso. En mis oídos retumban las sirenas de aquella noche. Vi pasar varias ambulancias por la 20 calle de la zona 10. Me inquietó percibir el tenebroso relato que empezaba a escribirse. Ha sido agotador seguir la noticia. Leer acerca de los dramas. Imaginar la incertidumbre. Escuchar los testimonios de los sobrevivientes. Percibir en las entregas informativas de los reporteros un horror contenido que, en aras de cumplir con su misión, les impide romper en llanto. Y, pese a que el desplome que me hiere pecho adentro es cruel e implacable, me inhibo de compadecerme cuando pienso en la gente de El Cambray. Pero no en los muertos, sino en quienes los lloran. En quienes los echan de menos. 

En quienes los sufren a fondo. Sería imperdonable para esta sociedad que una tragedia de este calibre quedara impune. Vuelvo a saturar mi memoria auditiva con el estridente bullicio de sirenas que oí la noche del 1 de octubre en la 20 calle de la zona 10. Quisiera disponer de poderes sobrenaturales para regresar el tiempo y evitar que se deslice la tierra de esa malhadada montaña. Pero ya sé que no podré. Y eso me lleva el ánimo a colindar con las fauces de una pérfida derrota. La tortura del espíritu es un abismo de rabiosos vacíos. Cada segundo resulta agotador. No son días felices.