¿Qué tipo de gente conduce contra la vía en un carril reversible, en estado de ebriedad, un viernes a las seis de la mañana? Me causa rabia y congoja pensarlo. Y he aquí la respuesta: conduce contra la vía en un carril reversible a las seis de la mañana, en estado de ebriedad, alguien que es sumamente irresponsable. Alguien que en vez de ir al trabajo, viene de una farra de ocho pisos. Alguien que desprecia el cumplimiento de la ley. Alguien que se siente intocable y que es prepotente. Pero, sobre todo, alguien que no respeta la vida.

En Guatemala hay accidentes de tránsito todos los días. Muchos de ellos sin importancia. Otros, trágicos. En cada percance vial la gente que los protagoniza se dibuja completa. Y pinta de cuerpo entero a la sociedad. Por eso hay quienes asumen su descuido y, amparados o no por una póliza de seguro, pagan los daños y procuran el resarcimiento. Son los decentes. Hay otros que, en la mínima oportunidad, se van y evaden lo que les toca enfrentar. Son los deshonestos. Y existen también aquellos que, aun viendo que hay heridos, igual huyen y hasta son capaces de comprar autoridades y médicos para no verse involucrados en un proceso legal. Son los infames. Todo lo anterior me pasó por la mente el pasado viernes cuando oí la noticia del joven agente fallecido, luego de un episodio similar al descrito al principio de este artículo. El caso es harto conocido ahora. Y por lo que se sabe de esta fatalidad ocurrida en el kilómetro 15.5 de la ruta hacia El Salvador, los tripulantes de un automóvil blanco se estrellaron de frente con la unidad de la PMT de Santa Catarina Pinula, que cumplía sus faenas en aquel aciago momento. No se trató de un accidente cualquiera. Como apunté al principio, la desgracia ocurrió por alguien que presumiblemente andaba de fiesta al principio de una jornada y que en hora de desayuno estaba literalmente borracho. Ya con eso, el agravio a la comunidad era enorme. Especialmente porque antes de que dieran las seis de la mañana, en esa ruta ya había un muerto que jamás debió morir así. Un muerto que a esa hora se estaba ganando la vida de manera honrada y digna. Un muerto que, a esa misma hora, es decir, las seis de la mañana, dejaba, contra sus sueños, a una nueva viuda en este país y a dos niñas huérfanas, una de 7 años y otra de apenas meses. 

Toda una pesadilla. Pero real. Una familia mutilada y con un horrible vacío sin solución. Léase: una desgracia enorme. Pero cuando se suma a ello lo dicho por los testigos de este execrable hecho, en cuanto a que los autores del vejamen, en vez de preocuparse por la víctima, lo que hicieron fue intentar huir y amenazar a las autoridades de tránsito con sus influencias, entonces el cuadro se vuelve despreciable y ruin. Es cuando uno se avergüenza de la raza humana. Cuando uno quisiera ser perro. O caballo. O piedra. O silla. O ventana. O piso. Cualquier cosa menos una persona como ellos. Es revelador, sin embargo, que un rasgo de la nueva Guatemala se haya visto en este lamentable incidente. Una mujer, a quien las notas de prensa identificaron como Oneida Álvarez Lemus, trató de escabullirse del lugar abordando un autobús. Pero un grupo de personas se lo impidió. Es decir, hizo valer la fuerza de una mayoría indignada que colaboró con la justicia para que por lo menos no se saliera con la suya, la que se presume iba de copiloto en este automóvil con olor a farra de ocho pisos. Y dicen también los que allí estaban que quiso amedrentar a la PMT y a quienes la detuvieron en su infame búsqueda de evasión con que es la asistente de un poderoso diputado, de quien no mencionó el nombre por el momento, porque carezco de pruebas de si sus influencias protegerán a esta mujer sin moral, que prefirió dar la espalda a un muerto que quedarse a determinar si había algo por hacer para consolar a su familia. 

Quien presuntamente conducía el carro, Jose Carlos Fariñas, no pudo huir del sitio del percance, e ignoro si tuvo la intención de hacerlo. Ya en el hospital, de acuerdo con reportes de prensa, se tornó violento con los doctores. Se negaba a ser sometido al examen de alcoholemia, dicen. Mientras tanto, el caos vehicular imponía la ley del congestionamiento a todo un sector de la capital, lo que trajo consigo atrasos, molestias y quién sabe qué otras vicisitudes negativas. La voz consternada de Pablo Morales, director de la PMT de Santa Catarina Pinula, me partió el alma cuando oí la historia de su compañero Marcos Monzón, trágicamente fallecido por un abuso inaceptable y abyecto de un dúo (o trío) de borrachos, que había tenido la “genial” ocurrencia de transitar a las 6 de la mañana, contra la vía, en un reversible que usan a diario quienes van al trabajo o aquellos que llevan a sus hijos al colegio. 

 Solo espero que las familias involucradas en esta tragedia no opten por la corrupción y el atropello para salir airosas de esta debacle. Que se abstengan de contratar abogados gángsteres para que les saquen adelante el caso, sí o sí. Que no alisten la billetera (y los conectes) para atenuar, a la mala, una condena por homicidio. Y ojalá que el prominente diputado no use su nombre para salvar a su empleada. 

Entiendo que al conducir contra la vía en un carril reversible a las 6 de la mañana, en estado de ebriedad, los responsables de esta tragedia no querían acabar con la vida de nadie. Pero lo hicieron. Y hay una viuda y dos niñas huérfanas que, en medio de la desolación y del llanto, merecen, no solo justicia, sino sobre todo una asistencia económica hasta que puedan valerse por sí mismas. Nada les devolverá al esposo perdido ni al padre ausente. Nada les arrebatará el dolor. Los borrachos que les arruinaron la existencia tienen dos opciones: o se hunden más en su iniquidad o salen con decoro haciendo lo correcto. No conocí a Marcos Monzón. Nunca lo vi. Pero intuyo que su viuda y sus hijas no están solas en esto.

Reflexión

“Solo espero que las familias involucradas en esta tragedia no opten por la corrupción y el atropello para salir airosas de esta debacle”.