Me pregunto qué dirían los analistas estadounidenses, en otros tiempos, si en Guatemala hubiera un candidato presidencial que denigrara a las mujeres, exaltara la violencia, insultara a su rival, fuera abiertamente racista y además afirmara en un debate visto por millones que no está seguro de respetar los resultados electorales.

La respuesta es fácil de imaginar: se referirían a nosotros como un país políticamente atrasado, con una frágil democracia y muy “bananero” en su estilo de liderazgo.

La penosa situación que le ocurre a Estados Unidos con Donald Trump demuestra, entre otras cosas, las enormes fallas en que han incurrido los políticos en ese país y en el mundo, así como el hartazgo que ello ha traído consigo para los votantes.

Invitado por el National Democracy Institute (NDI) y la Comisión de Debates Presidenciales (CDP), ambas por sus siglas en inglés, estuve en el debate del pasado 19 de octubre en Las Vegas. La experiencia, muy rica en aprendizaje, no se quedó únicamente en la noche del encuentro entre los dos aspirantes a la Casa Blanca.

Durante cuatro días, los participantes de 28 diferentes países compartimos vivencias relacionadas con la cultura del debate en nuestros respectivos ambientes y escuchamos los relatos de quienes, en Estados Unidos, organizan y moderan este tipo de ejercicios de intercambio de ideas. Como periodista, fueron las charlas con colegas las que atrajeron más mi atención.

La conferencia de Dan Balz, editor de política de “Washington Post”, me pintó de manera contundente la tensa situación que se vive en mi oficio por las estridencias y los excesos de Trump. Balz entiende muy bien que una cosa es respaldar a un candidato en la página editorial, y otra muy distinta es hacerlo en los espacios noticiosos.

Le sorprende mucho que una docena de diarios, tradicionalmente del lado republicano, hayan apoyado a Hillary Clinton, y cita al respecto al “Dallas Morning News”. Eso, insisto, en el lado editorial. Porque hablando del lado noticioso, es lógico que por los escándalos y los exabruptos del magnate neoyorquino, los reporteros no hayan permanecido indiferentes frente a lo que ven. Balz considera que quienes creen que las coberturas de campaña tienen obligadamente que ser 50/50 se topan con un disparatado aspirante que hace imposible tal “balance”, en lo cual coincido plenamente con él. Además, según el experimentado periodista, Trump ha obligado a los reporteros de calle a ser más directos; reporteros que por lo regular no toman partido en sus notas y que, a su criterio, no han resbalado en esa tentación, pese a las circunstancias.

Nuestro trabajo consiste en publicar lo que, al final del proceso, nos revele por qué el pueblo ha votado de tal o cual forma”, sostiene. Y el editor no es el único que afirma que en estas elecciones “cuando uno creía haberlo visto todo, algo más ocurre”.

Y en tal sentido, cuando Trump le contestó al moderador Chris Wallace que no está seguro de respetar los resultados del 8 de noviembre evidenció una vez más hasta qué punto es de miedo que alguien como él haya llegado tan lejos en un sistema que parecía estar a salvo de semejantes esperpentos. Me entusiasma mucho, en contraste, el espíritu democrático que comprobé entre los voluntarios de la Universidad de Nevada y en los colegas con los que hablé. También entre los organizadores de estos debates, quienes, contrario a lo que uno podría esperar luego de 30 ya concretados desde 1976, enfrentan en cada ciclo de elecciones un reto diferente y nunca fácil de sacar adelante.

No sería gracioso para el planeta que alguien como Trump llegara a la Casa Blanca. Por suerte, aunque no termino de confiarme, las encuestas dan casi por sentado que Clinton ganará. Y uno de sus desafíos consistirá en tratar de devolverles a los políticos algo del prestigio perdido, porque el riesgo de que los outsiders populistas o afortunados alcancen el poder es muy grande. Ejemplos sobran de eso. No solo Guatemala urge de una nueva política. Es urgente para todos. Especialmente en función de los más pobres. De poco sirve que la tecnología dé saltos tan gigantescos, si la pobreza sigue afectando a 600 millones de personas en el mundo. Y para el futuro en el mediano plazo de nuestro país, Dios nos libre de un Trump tropical, como lo hizo en las pasadas elecciones. Asimismo, de gente que apruebe, en público o por omisión, que algún candidato denigre a las mujeres, que exalte la violencia, que insulte a su rival, que sea abiertamente racista y además afirme en un debate visto por millones que no está seguro de respetar los resultados de las elecciones. Eso, ni aquí ni en Estados Unidos.