Habló “Eco”. Y su relato fue turbador. No porque mencionara algo especialmente chocante, sino por lo mucho que significa en los aspectos sensibles de este proceso. Como ya sabemos, señaló de manera directa a Otto Pérez Molina y a Roxana Baldetti; dijo que ellos se quedaban con el 50% del dinero que, según la fiscalía, se obtenía de manera ilícita por medio de la red denominada La Línea. Y hasta confesó que fue él mismo quien los identificó en la supuesta estructura como “el 1” y “la 2”. Es obvio que aún hay mucho camino por recorrer en este caso. “Esto es mejor que una película”, me escribió una colega por el chat. Es cuando la realidad humilla a la ficción, añado yo. Nuestra bombástica y espeluznante realidad, en la que los turbios negocios de millones conviven con relatos de gente que se muere por falta de medicamentos en un hospital público.

Llueve mucho en estos días. La nubosidad, anclada en el reporte meteorológico, abunda también en el panorama político. Cómo no. Y contra las inminentes tempestades que se avecinan, Guatemala sigue viviendo su año más crucial desde que me acuerdo. Nuestro país, ese tan entrañable que busca regresar a sus tiempos primaverales, enfrenta la dramática disyuntiva entre las mafias de siempre, obstinadas en seguir delinquiendo a sus anchas, y un nuevo orden interno que pretende dar pasos firmes en la lucha contra la impunidad.  

El testimonio de Salvador Estuardo González arrecia el aguacero de información de los últimos 160 días. Y además plantea un considerable reto para las autoridades responsables de mantenerlo vivo, tanto a él como a su familia. Era impresionante ver las imágenes del resto de implicados oyéndolo desde la carceleta de la sala de vistas del tribunal de mayor riesgo. “Mejor que una película”, diría mi colega. Imagino además que la defensa de los otros implicados, que suman entre todos 40, saldrá con los tacos por delante para intentar desvirtuar lo dicho por “Eco”, porque su confesión caza perfecto con la tesis de la CICIG y el MP.  

Lo anterior ocurre en medio de una campaña electoral en la que, no se nos olvide, los perversos de toda la vida no han perdido tiempo para acercarse a los candidatos para tratar de cooptarlos. Ese no es un juego de niños, sino exactamente lo contrario: es el hampa en plena acción como fiera ofuscada. Porque, aunque arrinconados en algún sentido, los delincuentes no piensan soltar así de fácil la manija del lucro malévolo. Por ello, me parece sano que se desaten polémicas acerca de lo que hasta ahora se ha ganado con el movimiento ciudadano. Las voces críticas siempre ayudan a meditar con mayor detenimiento lo que a simple vista parecieran triunfos incuestionables. Resulta oportuno no perderse: los grandes cambios precisan de muchos años para consolidarse. No se logran en un parpadeo de meses. Y requieren de colosales esfuerzos para avanzar. Y de gente comprometida y heroica. Pienso, por ejemplo, en los integrantes de la Fiscalía Especial Contra la Impunidad (FECI), la unidad del MP que trabaja de la mano con la CICIG los casos de corrupción que se han destapado desde abril. La temporada que enfrentan no es un flan. Ellos saben que en estas audiencias intermedias del caso La Línea, no solo se juegan su prestigio, sino también la esperanza de todo un país. Puedo suponer que su personal no es suficiente como para el monumental trabajo que tiene encima. Y no dudo de las presiones a las que se ven expuestos. Tampoco dudo de las amenazas. Ni de los peligros. Ni de la escasez de recursos. Pero sé también que es gente con enorme coraje y con una mística excepcional. Jóvenes valientes. Jóvenes dispuestos a dar la cara por Guatemala. Mi agradecimiento a quienes, como ellos, exponen sus vidas para darle aire y fe a un pueblo ávido de no seguir atascado en un laberinto taciturno. Incluyo en esto a los investigadores de la CICIG. Y también a la sociedad civil que eleva su voz para que no decaiga el interés por mantener vigorosa la indignación colectiva.

Habló “Eco”. Y su voz se oyó como retumbo de volcán en múltiples ambientes. Vienen días vertiginosos; días de brusquedad noticiosa. Quisiera disponer del talento suficiente para escribir la novela del momento que vive Guatemala. Este intenso e imprevisible episodio de nuestra historia contemporánea, digno de Steig Larsson, que una lúcida colega mía describe, con absoluta razón, como “mejor que una película”.