La desconfianza en el Estado es profunda en Guatemala. Es el reflejo de la permanente sospecha que sentimos entre nosotros. Y también es producto de múltiples engaños anteriores, así como de una corrupción que raya en lo obsceno. Solemos pensar mal. Y casi siempre acertamos. En tal sentido, dos temas recientes me llaman la atención. Uno, el del Sistema Penitenciario y sus increíbles fugas. Otro, el del lago de Amatitlán y su increíble fórmula para limpiar sus aguas. Los dos nos pintan de cuerpo entero, en sus similitudes y en sus contradicciones. Ambos se parecen, porque hay putrefacción por donde se les vea. Y chocan en sus respectivos procesos, porque mientras se nota una excesiva y oficiosa diligencia por resolver la inmundicia del lago, no se ve por ninguna parte que surja un interés real y efectivo por sanear la podredumbre en presidios.

En las dos historias se narra, con realismo trágico, la derrota de nuestra sociedad en el intento de construir en el largo plazo. No hay país que logre curar sus males originados en el crimen y en la delincuencia, sin que corrija, aunque sea mínimamente, los grotescos vicios de un eslabón fundamental de su cadena de justicia. No hay país que aspire a dotar de servicios dignos a su población, sin procurar un cuidado ambiental serio y consecuente. En el Sistema Penitenciario mandan los reclusos. Y los carceleros les temen a los reos. En el lago de Amatitlán se impone la ley de los contaminadores. Y no existe poder humano que evite la diaria debacle de desechos vertidos en sus aguas. En las prisiones se evidencia el fracaso de este gobierno, curiosamente en un área bajo el control de uno de los más capaces ministros del Gabinete, si no el más.

Es inconcebible que, habiendo sido la seguridad la gran oferta electoral del Patriota, sea en el manejo de los privados de libertad donde el colapso se evidencie de manera tan manifiesta. Es en las cárceles, como también en el financiamiento electoral, donde se concentra lo peor y lo más infame de nuestro descalabro institucional. Compra de voluntades. Amenazas burdas. Salarios ridículos de la mano con precarias condiciones laborales. Vejámenes sin control. Empresas que no acatan la ley. Protocolos obsoletos. Órdenes de jueces que apestan. En fin, la colección completa de los sinsentidos.

Y en lo que al lago corresponde, por lo consiguiente. Descuido sin recato. Inversiones millonarias que no sirven para nada. Atropello alevoso. Inoperancia a la mil. Indolencia despiadada. Y ahora, un contrato tan dudoso y tan extraño que no hace sino llevarnos a la inevitable sospecha de que en ese novedoso intento por purificar sus aguas, más que querer imitar ese primer milagro de Cristo de multiplicar panes y peces, lo que se pretende es multiplicar millones en algunas cuentas, en vez de incrementar mojarras limpias en este maltratado cuerpo de agua.

Me encantaría que esta fórmula funcionara. Pero me cuesta creer en su efectividad, porque el problema de fondo no va camino de remediarse. Las fuentes contaminantes están allí, como si nada. Y así, no veo por dónde pueda higienizarse al lago a un plazo razonable.

Entiendo que es harto complicado resolver ambos retos. Un Sistema Penitenciario en el que da miedo trabajar, y donde de 285 consignados 285 han sido reinstalados por juzgados laborales, no ha de ser agradable meterse a “camisa de once varas” para enfrentar la ruina. También ha de ser frustrante imaginar lo que un lago como el de Amatitlán podría generar en el movimiento de la economía de sus municipios aledaños, si tan solo permitiera que el turismo volviera a verlo como un destino apetecible. Pero no. Ni una ni otra cosa ocurren en este desastre institucional que rodea ambos temas. Da pena leer al país en dos historias de terror en sus respectivas narrativas de realismo trágico.

No nos engañemos: el naufragio de nuestras esperanzas es notorio en la desconfianza apabullante y dolorosa que emana de las recetas para descontaminar el lago y de la desorientación de nuestras cárceles. Y este espejo se nubla aún más, y hasta se agrieta, cuando le añadimos las bolsas con imágenes de políticos, entre ellos el inminente candidato del oficialismo, y la propaganda de una iniciativa de ley que sirve para propulsar a un aspirante presidencial de la oposición. Como se ve, el asunto es preocupante y angustioso.

Es de cinismo y de descaro. Un affaire que va mucho más allá de mojarras por limpiarse y de reos fugados “por error”.