“De verdad, no sé qué espera el mandatario para renunciar. Tal vez se ve, con horror, en los zapatos de la ex vicepresidenta Roxana Baldetti. Se ve, con espanto, escribiendo “padresnuestros” en una hoja de papel”. 

A esta hora que escribo, el presidente Otto Pérez Molina aún no ha renunciado. Y no parece tener intención de hacerlo, pese a la debacle que lo rodea. Lo cual es un tremendo error de su parte. Y también una enorme irresponsabilidad. Nada menos que eso. De ahora en adelante, cualquier incidente que ocurra le arruinará más su hoja de vida, ya de por sí manchada por la podredumbre que se ha revelado durante su administración.

Es cierto que el debido proceso le confiere la presunción de inocencia. No será culpable sino hasta que le sea impuesta una condena en firme. Es lo justo. Pero la vida le exige, para sí mismo, el respeto al proceso debido. Es decir, a ese que se relaciona con la decencia y el sentido común. Decencia, porque si realmente se considera libre de los cargos que se le achacan, lo que le corresponde es enfrentar a la justicia sin dilaciones. Sentido común, porque el peligro en que pone al país, para intentar salvarse, lo sitúa como un desquiciado y un ingrato. No puede alguien ser tan mezquino. Tan cínico. Tan sórdido. Sobre todo cuando ocupa un cargo de tal calibre. Yo hubiera esperado mayor valentía y honor de su parte.

Y le insto a evitar que el horrendo abismo en el que ya se encuentra se transforme en un infierno consumado. No le pido que lo haga por el pueblo que lo consideró una esperanza hace cuatro años. Tampoco por sus financistas que lo ayudaron a armar una campaña de millones que, por cierto, violó la ley a lo grande, mucho menos por sus críticos, como yo, que hasta aprecio le he tenido. Que lo haga por su familia para resguardarla del escarnio sin retorno y para salvarla de no verse obligada a agachar la cabeza el resto de la vida. Es el momento de la Patria, señor Pérez Molina.

El momento en que, para evitar tragedias y cataclismos, los hombres demuestran su carácter y su temple. Y si usted infringió la ley, no complique más su situación. Entréguese ya. Dé la cara. Resuelva esta angustia colectiva y facilite la reconstrucción de un país en ruinas. Acéptelo: carece totalmente de legitimidad. Nadie, salvo sus incondicionales, lo quiere en el puesto. Que no lo engañen más sus asesores maledicentes; que no lo embauquen con los argumentos del pérfido artificio. La batalla está perdida. En todo caso, solo queda perderla con menos humillación. Y cada hora que transcurre, esa posibilidad se esfuma.

Es obvio que en su mensaje del domingo Pérez Molina buscaba ganar tiempo. Al respaldar de manera incondicional unas elecciones que apestan trata de congraciarse con el partido que representa su apuesta electoral. El mismo partido que rechaza la “influencia extranjera”. El mismo partido que puede, junto con el oficial, impedir que se alcancen los 105 votos para retirarle la inmunidad. Pero eso solamente atrasa lo que, eventualmente, tendrá que enfrentar. Porque si el Congreso lo protege, igual en enero no podrá eludir a la justicia. Eso, siempre y cuando no pase automáticamente al Parlamento Centroamericano, lo cual sería otra ofensa terrible para la población.

El caos que se incuba podría llegar a convertirse en un baño de sangre. Hasta los más optimistas lo temen. He aquí el precio que se paga por haberlo sostenido artificialmente en mayo, gracias al conservadurismo y al desatino de algunos integrantes del sector privado.

Los ánimos siguen caldeados y la indignación va camino a volverse ira. ¿Por qué arriesgarse a un encontronazo con la sociedad? Solo se me ocurre como respuesta que su estrategia sea forzar una salida como exiliado político, para así librarse de un proceso penal en el que, de acuerdo con la fiscal general Thelma Aldana, “no sería detenido de inmediato, pero sí en poco tiempo”.

Por cierto, fue impresionante oír a la titular del Ministerio Público enviarle un mensaje a Pérez Molina, en la entrevista de ayer en Emisoras Unidas. “Con mucha pena, preocupación, nostalgia y decepción veo que el Presidente está involucrado en el caso La Línea”.

De verdad no sé qué espera el mandatario para renunciar. Tal vez se ve, con horror, en los zapatos de la ex vicepresidenta Roxana Baldetti. Se ve, con espanto, escribiendo “padresnuestros” en una hoja de papel. Se ve, con pavor, entrando en Matamoros bajo el asedio violento de un pueblo encolerizado por un saqueo sin precedentes.

Insisto: fue perturbador oír su mensaje del domingo. Sentí que estaba viendo a otra persona. A alguien fuera de control. Se lo reitero, señor Pérez Molina: evite una tragedia mayor. Por mal que le vaya renunciando, le irá mejor que si no lo hace. Aplíquese a sí mismo su lema de campaña: mano dura, cabeza y corazón.