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Se aproximan unas elecciones ilegítimas y ficticias. Gane quien gane. El país transita por la ruta de un puente, ya sea para pasar al otro lado de sí mismo, o bien para lanzarse al precipicio de su propia inercia. Da miedo imaginar el futuro. Y, a la vez, hacerlo genera esperanza. Contradicciones abundan para bien y para mal. Hay quienes aseguran que ya nada será como antes. Que el próximo presidente no podrá abusar tanto. Que los corruptos lo pensarán dos veces, porque les temen a la CICIG, a la Embajada y al poder ciudadano. No necesariamente en ese orden, claro. Todo depende de la coyuntura. Coincido con quienes ven rendijas en el biombo de la pertinaz incertidumbre. Pero me aterra pensar en una aplanadora en el Congreso. En un mayoría simple que se compre al “módico” precio de 15 o 17 diputados. Este país es presidencialista en exceso. Y ello nos distrae, con frecuencia, al apreciar la dimensión del bosque estatal; ese que en realidad es jungla. Jungla donde el depredador se muestra sin pudor a plena luz del día. Jungla donde las hienas son ley.

Lo que nos estanca en Guatemala proviene de la falta de herramientas para gestionar la democracia. Esas que no construimos en los 30 años que lleva este experimento. Esas que se postergaron porque solo hubo tiempo (y ganas) para armar el andamiaje del saqueo, es decir, la legalización de los mecanismos perversos en los que se inaugura tres veces un puente, aunque este nunca se construya. Habrá mucha resistencia para romper con eso. A partir de ahí, se pintan escenarios como mínimo preocupantes: los que oscilan entre las lágrimas reales y las bombas lacrimógenas. Los que nos retroceden a los tiempos de la violencia selectiva para amedrentar a la sociedad, con el espurio fin de mantener un repudiable régimen. Y en este sentido, lo que yo repudio es la magnánima parálisis de las élites; sus patadas de ahogado sin ton ni son. No comprendo cómo pudieron permanecer tan indiferentes frente a una amenaza enorme y tenebrosa que se gestó en sus propias narices durante los últimos años. Tal vez porque todo cambio les asusta y por la influencia de los asustadores profesionales que cobran muy caro por asustar a los asustadizos por linaje. Tal vez porque cuando alguien la pasa bien, no percibe el sufrimiento de los otros y cree que no le afecta. Tal vez porque, en el fondo, somos un país lleno de gente que, aunque vocifere contra el latrocinio, de algún modo espera su turno para robar su parte. Pudimos ahorrarnos esta angustia que hoy nos corroe. Pero fue más cómodo ver hacia la derecha troglodita o hacia la izquierda jurásica. Y también fue más fácil defender las tonterías trasnochadas de ambas extremas, en lugar de insistir en un acuerdo mínimo. Sin embargo, valga el optimismo, la oportunidad es grande si nos articulamos alrededor de algo parecido a un entendimiento básico. No funcionaremos, en nada, si cada quien se obstina en sacar su agenda adelante, en un terco “sí o sí”. Lo cual me recuerda a los equipos de fútbol que no “hacen la tarea” en los juegos de local, pues por tanta necedad no dependemos en este momento únicamente de nosotros mismos. También dependemos de la suerte. De la suerte de no caer en la obvia y descarada trampa del voto comprado o coaccionado. En el voto del miedo. En el voto desinformado de unas elecciones ilegítimas y ficticias.

Es penoso que en circunstancias tan limite, los aspirantes le huyan al debate. Es bochornoso que en un proceso tan cuestionado, los asesores de campaña se atrevan a salir con ofertas que más parecen sketch cómico. Y es más apremiante aún que haya ¿ilusos? que pretendan hacernos creer en la seriedad de las anodinas propuestas que circulan. Como que no se les viera el ansia de robar. Como que no se les viera su afán de corruptela.

Votar nulo es totalmente aceptable por razones de dignidad. Este sistema es una podredumbre que colinda con la gangrena. Pero votar nulo no nos sirve de nada si le facilitamos el triunfo a la debacle. Hoy, más que nunca, debemos llevar al poder al menos peor. Y no otorgarle a ningún partido una mayoría abrumadora en el Congreso. Pero antes de todo, lo que debemos hacer es obligar a las élites a asumir su papel. A que no se escondan en la palabrería vacua. A que no se amilanen a la hora de encarar la historia. No será con élites indolentes y cobardes como podremos salir de esta. Gane quien gane, de esos que por ahora acarician la posibilidad de llegar a la segunda vuelta. Intuyo que la CICIG aún tiene mucho que decir. Asimismo, la Embajada. Por lo consiguiente, el poder ciudadano. Este trío puede alegrar el bolero y volverlo fiesta si se lo propone. Sobre todo si se acuerpa bien al TSE. Sobre todo si se logra alinear, con una dosis de temeridad, a los planetas del coraje.