Reflexión

“Difícilmente habrá alguna élite que se desprenda por generosidad o por ética de proteger su status quo, su comodidad y hasta su tajada”.
 

Si la historia es como la hemos conocido hasta ahora, el caso del niño Ángel Ariel es el más heroico del que yo tenga memoria en tiempos recientes. Lo resumo: Integrantes de una pandilla le entregaron una pistola para que asesinara a un piloto al que estaban extorsionando.

Como el menor se negó a perpetrar el crimen, los maleantes le impusieron el castigo capital de escoger entre dos muertes. Una, descuartizado; la otra, lanzado desde un puente. Ángel Ariel optó por la segunda.

Y así ocurrió. El pasado jueves fue noticia que había sobrevivido, de milagro, a una caída de 150 metros de altura. Con múltiples huesos rotos, los bomberos lo rescataron en el fondo del puente Belice; las copas de los árboles habían amortiguado el tremendo impacto.

Un niño de apenas 12 años daba así una lección de coraje por medio de su testimonio. Un coraje que le falta a nuestras élites. A buena parte de nuestra dirigencia empresarial. A varios de los referentes del periodismo y de los medios. A innumerables líderes sindicales. A muchos agitadores sociales. Y sobre todo a nuestros aspirantes a políticos, incapaces de negarse a recibir el financiamiento más sucio con tal de alcanzar el poder.

La comparación es injusta para Ángel Ariel, porque ya quisiera ver si un candidato se negaría con esa convicción de la que hizo gala este valiente menor a las presiones internas para aceptar impresentables en su lista de diputados o hasta como compañero de fórmula en un binomio. Ángel Ariel y su decencia deberían inspirarnos aún más que los repugnantes hallazgos de los casos “La Línea” o del conocido como “IGSS-Pisa”, ya que, por sus principios, prefirió dar su vida que quitársela a otro ser humano.

Prefirió, pese a su corta edad, el martirio propio que una conciencia manchada. Y eso es admirable y épico. Nada menos. Porque es contrastante su valerosa acción con aquellas de quienes se precian y se jactan de amar a Guatemala, pero que en la primera oportunidad que tienen para mostrar su vocación por el bien común, terminan maniobrando solo por sus mezquinos intereses.

Difícilmente habrá alguna élite que se desprenda por generosidad o por ética de proteger su status quo, su comodidad y hasta su tajada. Asimismo, estoy de acuerdo con que no puede aspirarse a un mundo perfecto.  Sé que entre las cabezas de cada grupo de la sociedad, incluso en la política, existen excepciones que luchan y exponen la vida, con tal de lograr un cambio real en el país.

Mas no sé cuántos de estos excepcionales serían tan inquebrantables como lo fue Ángel Ariel si una gavilla de despiadados le condenara a muerte de una manera tan horrenda. La costumbre aquí es que por miedo a perder el trabajo, o por temor a quedar exento de privilegios, la gente termina prestándose al saqueo y al latrocinio. Y eso no solo se ve normal, sino que de algún modo hasta se entiende. La responsabilidad de mantener a una familia obliga a veces a ser tolerante con lo turbio. Pero todo tiene un límite.

Y la dignidad no debe sacrificarse jamás, aunque eso conlleve hambre. Poco se habla de los dilemas que tantos niños y jóvenes se ven obligados a enfrentar cuando, por la cercanía de las maras en los lugares donde viven, tienen que decidir entre volverse pandillero o ser víctima de esos grupos delictivos.

De ahí mi rechazo permanente al simplismo cruel de que la limpieza social termina con el problema, porque “muerto el perro se acaba la rabia”.

No sé si Ángel Ariel sobreviva a ese politraumatismo que sufrió al ser lanzado desde el puente Belice. Ojalá que el milagro se dé. Y si se levanta de esa cama del hospital San Juan de Dios, donde los médicos han hecho lo posible para salvarlo pese a las precarias condiciones en que operan, confío en que lo haga sin lesiones irreversibles.

Y, aunque por razones de Dios este heroico niño no saliera adelante, su historia igual sería una señal de que la esperanza en la gente honesta sigue latiendo.

Si Ángel Ariel tuvo la decencia y la valentía de preferir morir antes que matar, ya es hora de que las élites y el pueblo tomemos la decisión, mucho menos complicada, de elegir luchar por nuestro destino, y de no permitir que nuestra inteligencia sea insultada por el cinismo de políticos y financistas aferrados a mantener este modelo de sangre, de corrupción y de injusticia.

Mi respeto más profundo para este gallardo niño. Pensar en su memorable gesto me hace rechazar con más desprecio a los cobardes y repugnantes políticos que se rasgan las vestiduras asegurando en la tarima que no son corruptos y que poseen la fórmula para que Guatemala avance.
Lo repito: Ya los quisiera ver en los zapatos de Ángel Ariel frente a los implacables y sanguinarios pandilleros. Pero probablemente estoy pidiendo demasiado porque, siendo franco, a la hora de la realidad, los pandilleros son ellos.