Trato de guardar la calma, aunque me cueste. Intento respirar con serenidad, pese a que el aire se perciba de plomo. Guatemala se complica. O, para ser exacto, la complican. La exigencia multitudinaria del pueblo no ha sido atendida por el presidente Otto Pérez Molina. La gente ha sido categórica no solo en que renuncie, sino sobre todo en que enfrente a la justicia. Y también ha sido contundente en reclamarle al Congreso que escuche las demandas de la calle. Y el Congreso, con sus excepciones de siempre, ha jugado a sordo. Con el desdén que lo caracteriza. Hoy, sin embargo, dispone de una enorme oportunidad para lavarse un poco la cara si parte de la Corte de Constitucionalidad no actúa antes, con su casi siempre nefasto tres a dos. 

Pareciera que vivieran en otro país. Y mucho me alegrará cuando todo les salga mal y terminen pagando cara su altanera osadía, ya sea en las urnas, o bien en la cárcel. ¿Qué se necesita para que entiendan que Guatemala corre el mayor peligro desde que la democracia regresó hace 30 años? ¿Cómo hacerle comprender a quienes hoy se burlan de la ciudadanía que la ira colectiva es incontrolable? ¿Querrán acaso sufrir agresiones cuando vayan a un centro comercial o a un restaurante? Por ese camino van. Porque les guste o no a los políticos, alargar esa agonía solo les acarreará mayor desgaste y mayores riesgos. 

Me impresiona la necedad del presidente. Dice que decidió 10 minutos antes no ir al Congreso a presentar su informe, para no prestarse a un “show político”. Es obvio que se refiere a Nineth Montenegro. Lo que no menciona es que ese litigio malicioso en que él incurre es el verdadero show, y no político, sino de impunidad. Un show patético, por cierto. Yo respaldo plenamente lo que hizo y logró Nineth. Es la clase de congresista que nos urge. La pesquisidora no se habría movido sin su intrépida forma de reaccionar. Aplauso de pie para ella. Y mucho agradecimiento. 

Es imprescindible que el empresariado siga los pasos de sus afiliados que de manera espontánea cerraron sus negocios el pasado jueves. Que deje el conservadurismo timorato que defiende una institucionalidad indefendible. Más dinero perderán cuando la ingobernabilidad nos hunda en el caos. Y sumarse con coraje no necesariamente implica suspender las elecciones. Lo que sí trae consigo una acción más decidida y vigorosa es advertirle a quienes salgan ganadores de estos deslegitimados comicios de que con el pueblo no se juega. Como dijo el maestro Edelberto Torres-Rivas, queda la opción de votar por partidos pequeños. 

Es cierto que en esta coyuntura, por el triste hecho de no contar con líderes nacionales confiables, la sociedad la tiene difícil. Pero todo puede revertirse a favor de las buenas causas si logramos dejar atrás nuestras taras de la Guerra Fría y nos atrevemos a tomar el tan eludido rumbo diferente. Eso incluye a una izquierda seria que no plantee desobediencia civil sin plan o que lo haga con uno que sea viable. Los sueños deben ser grandes, pero realistas. Es decir, con el atrevimiento preciso como para romper el molde, pero con la suficiente sensatez como para no resbalarse en excesos de entusiasmo.

En este momento, el objetivo es darle una lección ejemplar a la clase política. Para ello, la clave es fijarnos en lo que nos une y no en lo que nos separa. Es fácil si existe voluntad. Poco a poco se llega lejos. Lo que de verdad no podemos permitirnos es que, tras este desprestigiado proceso electoral, nuevos mafiosos pretendan sentarse en el poder por cuatro años más y que, amparados en no romper el sistema, se queden ahí aunque la Plaza se llene cada sábado.

No queremos funcionarios como Ricardo Sagastume, que después de desprestigiar por años a la CICIG en contubernio con el hoy candidato patriota, Mario David García, le aceptó un ministerio a Pérez Molina, luego de proclamar que era un corrupto. No queremos más inconsistencias tan burdas. Ni tampoco más mafias como La Línea. Ni más bufetes de la impunidad. Ni más crueles homicidios como los del caso IGSS-Pisa. Ni más tráfico de influencias con tinte familiar. Ni más mandatarios sinvergüenzas que no asuman sus responsabilidades. 

Trato de guardar la calma, aunque me cueste. Intento respirar con serenidad, pese a que el aire se perciba de plomo. Guatemala se complica. O, para ser exacto, la complican. La complican con dolo. Con desprecio por la vida. Con cinismo criminal. Tomen nota, señores pandilleros de la política criolla: Les daremos pelea.