Un niño melindroso hace berrinche a la hora de la cena. No parece dispuesto a tolerar vegetales en su plato. Es carnívoro y punto. Mejor si se trata de comida chatarra. Esa que se pide por teléfono y que la lleva a la puerta un bólido en motocicleta. Sus padres son magnánimos con esa rebeldía. La apañan. El niño se sale con la suya. A esa misma hora, una mujer escarba en un basurero y busca algún alimento para su familia. Tal vez un pan duro. O una pizza maltrecha. O una simple sopa; una suculenta sopa que mitigue el frío de la temporada. Esa misma que acaba de encontrar; la que sostiene en sus manos como trofeo de subsistencia. Pero es una pena que no lo sepa: el peligro es inminente. Aunque celebre con ingenuidad que es su día de suerte y que en casa habrá agasajo gastronómico. Por la sopa.
El reloj jadea su tic tac patibulario. Un veneno va en ruta. Es la pobreza con su vestuario lúgubre e implacable. Usual en este mundo oprobiosamente injusto. Horas antes, en un restaurante donde la abundancia impera, tres políticos festejan su más reciente fechoría. Beben y beben y vuelven a beber. Y piden más de la cuenta, porque otros la pagan. Sus financistas. O los contribuyentes. O sus socios. Y en la mesa de al lado ocurre tres cuartos de lo mismo, en cuanto a derroche, con una pareja común y decente que se gana con su trabajo honrado cada bocado y cada sorbo.  La coincidencia: los sobrantes en los platos; lo que se irá a la basura. Lo que otros buscarán, como esa mujer que encontró la sopa para saciar el hambre ancestral que la agobia. Su hambre despiadada.


En otro ambiente, también atorado de viandas, un grupo de empresarios delibera acerca de unos impuestos recién aprobados. Esta vez, según lo que dice la prensa, los han tomado por sorpresa. Contrario a siempre, no les han pedido permiso. Y eso no solo los perturba sino que los mortifica. Mas no se quedarán de brazos cruzados. Algo harán.


Se acaba la reunión, y en la mesa quedan los vestigios de una sesión de trabajo en la que los filetes y las delicadezas proliferaron. Y cómo no: también sobraron. Inicialmente, para el rincón de los desechos; mañana, para el maloliente camión amarillo. Alguien piensa: Positivo que el poder público no les pida permiso a los privados para pasar impuestos, pero inapropiado e inviable, a la vez, que aquello se haga sin discusión técnica previa. Y peor aún: en un sistema en el que el dispendio y la corrupción laceran y abusan tanto.


Los meseros vienen ya, cargados de bandejas con manjares a granel. Es otro restaurtante. El róbalo es la selección que predomina. Mas no solamente a la plancha o al vapor. También en forma de verbo. Porque para afinar la estrategia es preciso comer bien. Y bastante. Aquí no se multiplican los panes y los peces, porque el milagro está ausente. Lo que se multiplica son las comisiones. El sobreprecio. El botín.


En el restaurante de al lado, los guardaespaldas no caben en el estacionamiento. El festín es romano tropical, con un toque de salsa. Se exhibe el exceso. Los platos rebalsan. No falta el whisky etiqueta narco. Y nadie pide factura. ¿A quién de ellos puede interesarle contribuir con el fisco?
El reloj agoniza con su oxígeno intoxicado. El veneno ya llegó. La parca vestida de plaguicida se ha tragado a cuatro pequeñas víctimas. Una mujer llora y no entiende cómo Dios pudo hacerle semejante cosa. El coro de lágrimas que la rodea es el de su vecindario. El llanto atávico. Así como fue ella pudo ser cualquiera. La de la par. O el que vive en la esquina. Total, es dolorosamente común ir al basurero a buscar comida.

Hoy la historia trágica la escribió una sopa. Y mientras millones de melindrosos rechazan los vegetales y berrean para obligar a sus padres a que el bólido de la motocicleta les lleve la chatarra que tanto les gusta, cuatro niños dejan de existir por el imperdonable pecado de ser pobres. No lejos de allí, en los banquetes de corrupción y de iniquidad, se atiborran y se atestan algunos de los máximos criminales del país. Magnánimos entre ellos. Indulgentes con su inmundicia. Solidarios en su cloaca. Y beben y beben y vuelven a beber. Pero en sus corazones no ven a Dios nacer. Nunca. Porque, aunque coman y coman y vuelvan a comer, la historia de la sopa letal los acompañará adonde vayan con sus millones mal habidos.

La horrible y acongojante historia de la sopa más triste del Universo.