Yo era un niño. Digamos en edad de jugar carritos y legos. Transcurría el 24 de diciembre. Una de mis hermanas se había casado un día antes, y los gastos habían sido cuantiosos. No sobraba dinero para agasajarme en Navidad. Mi madre, siempre tierna, no quería que su único hijo varón, el que le quedaba en casa, no destapara algún regalo a las 12. Pero los preparativos de la temporada habían quedado desplazados por la boda. Una boda de la que, algún día, escribiré una columna, pues fue espectacular. Por ahora, vuelvo a mi relato.
Estaba cayendo la tarde rumbo a la Nochebuena. En el Mercado Central compramos musgo y aserrines. Tamales, en un lugar cerca a la Aduana. Después hicimos una visita que se prolongó más de lo previsto. El plan era ir a Musical de la 13 calle, con su entonces gerente Guillermo Tulio González, para adquirir lo que iba a ser mi único paquete con moña para abrir luego de la odiosa cohetería. Ya no llegábamos a tiempo. En una esquina vi una venta de acetatos y percibí que era mi salvación. Estaba en la 11 calle y cuarta avenida, si mal no recuerdo. Se llamaba Boudisco. Yo sabía exactamente qué buscaba. Por la radio había oído el anuncio de una recopilación de los Beatles que reunía sus mejores canciones entre 1962 y 1966.
Y aquello, considerando que Santa ya no visitaba mi casa, podía llegar a ser la gloria, pues apenas contaba con unos 45 RPM que mis hermanas habían dejado en la radiola de la sala, y la versión gringa de “Help!”, con varios cortes instrumentales, que el gran Ramon Banús me había prestado como deferencia por ser el sobrino de uno de sus mejores amigos. Por ello, la idea de disponer de 26 canciones beatles era demasiado bueno para ser cierto. La tienda estaba por cerrar cuando entramos con mi madre. Yo sostuve la respiración al intuir que el corte de caja podía estar consumado. Mas no fue así. Llegamos justo antes. Y aunque fue un tanto decepcionante no conseguir la versión importada, aquel doble LP hecho en El Salvador me inspiró uno de los asombros de los que aún no he terminado de reponerme.
Al llegar a casa, persuadí como pude a mi dulce mamá para poder abrir el regalo sin esperar hasta la medianoche. Ella accedió. Desde “Love Me Do” hasta “Yellow Submarine”, pasando por “I Feel Fine” y “Norwegian Wood”, entre otras, el deleite fue descomunal. No podía creer que el talento diera para tanto. Si me tocara elegir, es tal vez el regalo navideño más significativo del que tengo memoria. Porque cambió mi vida. Porque me abrió definitivamente las puertas al disfrute mayor que he experimentado en mi existencia. Porque ocurrió en un momento de precariedad económica, en el que la falta de dinero no hizo la diferencia.
Ahora, 41 años después, es conocido como el álbum rojo, y sé que, aunque incluye obras maestras de la época, no dispuso del espacio suficiente como para añadir a su lista varias obras maestras que los Beatles produjeron en los primeros años de su corta carrera. La historia no es nada del otro mundo. Si la escribo es porque, hará cosa de dos meses, vi la carátula enmarcada en un sitio donde he vivido la plenitud. Así recordé lo antes narrado. Y si lo cuento es porque en tiempos de consumismo salvaje y superficial, bien vale la pena meditar que a la hora de hacer regalos, no es importante la cantidad sino la calidad. Yo no habría sido tan feliz con diez cajas de juguetes o de ropa, como lo fui con ese doble disco. Sus 26 canciones me hicieron sentir tan dichoso como el más afortunado de los niños del planeta. Es cierto que mi mamá me preguntó directamente qué quería y que no hubo sorpresa de por medio.
Pero lo que aprendí aquella Nochebuena fue que los regalos en Navidad deben ser uno, cuando mucho. Uno, pero certero. Y si la Navidad se hiciera sin regalos, sin duda me gustaría más. Me basta con el Nacimiento y la armonía familiar. Hoy, 41 años después, sigo asombrado por la música que recibí cuando niño aquel 24 de diciembre. Abrazar a los seres entrañables, cercanos o lejanos, vivos o muertos, de edad avanzada o de reciente llegada al mundo: eso es lo que realmente vale y gratifica en estas fechas. Y mucho mejor si a ese abrazo se le agrega la mejor música que existe. No me refiero ahora a las grandiosas canciones de los Beatles. Esta vez, no. Me refiero a una música que, en este país, solemos echar de menos más de lo que quisiéramos. La música de la paz.