Avanza la procesión. Los cucuruchos cumplen su parte en esta tradición tan hermosa. Y pienso en lo identificados que nos sentimos los guatemaltecos con la pasión de Cristo. Lo cual no es nuevo para nadie.

Veo a la Dolorosa y me digo: ¿Por qué este país repite con tanta crueldad ese cuadro de la madre llorando a su hijo muerto? Se me cruza por la mente infinidad de recuerdos cuando recorro el Centro Histórico cada Semana Santa. Me olvido, por momentos, de la iniquidad política que nos acecha, del comportamiento delictivo de quienes juegan a ejercer dominio en las preferencias electorales. El Nazareno me ve con mirada triste, pero inquisitiva. Admiro de su historia la enorme inspiración ejercida desde la no violencia. Dos mil años hace y aún sigue vigente. Me persigno. Y a la vez medito mientras dejo correr la imaginación. ¿Qué haría Cristo en una Guatemala como la de esta segunda década del siglo XXI? ¿Será que vislumbraría, como lo hacemos muchos, el peligro de perder las conquistas de la democracia? ¿Percibiría en su luminosa conciencia que no exista ni siquiera el consuelo del “menos peor” para ir a votar? El discurso del amor, que es la fuerza real de Jesús en el mundo cristiano, no entusiasma demasiado aquí, donde ni la izquierda ni la derecha han logrado controlar a sus energúmenos. Y abundan además los charlatanes con habilidades histriónicas que engañan con chistes baratos basados en citas bíblicas o bien los ultraconsevadores que nutren su feligresía de los adalides de la triple moral. Entiendo profundamente la mirada triste del Nazareno. Él sabe, mejor que nadie, del sufrimiento de este pueblo que lo carga. De la corrupción inclemente que no solo roba, sino que también mata. De la desidia ciudadana que se origina en el miedo aún no resuelto de nuestro cruento conflicto armado.

Camino por la cuadra del Palacio Nacional de la Cultura. En las gradas del célebre inmueble verde, una pareja se besa a plenitud sin que ningún soldado o policía les llame la atención. Es la libertad, pienso. Porque tal escena habría sido impensable hace 30 años, cuando los alrededores de dicho Palacio eran inexpugnables e inaccesibles, aun para los noviecitos que se besaban a plena luz del día. Claro, hay abusos también. No falta el patán que usa de mingitorio los arriates del monumento, por la falta de autoridad que impera en estos tiempos. Y puesto a escoger, prefiero el desenfreno de una sociedad libre que la mojigatería de una sociedad reprimida. Pero aclaro que me refiero a los besos, no a los patanes.
Y los recientes ataques al Tribunal Supremo Electoral, detenidos a tiempo y quién sabe en qué circunstancias por la Corte Suprema de Justicia, son un aviso de lo que nos viene. En materia de vulgares tramposos, digo.

La procesión sigue avanzando. Yo continúo en el deleite de mi entrañable ciudad. Me topo con un amigo novelista con quien me da enorme gusto conversar. Y entre los cucuruchos encuentro a múltiples amigos de distintas generaciones.

La Semana Santa es una fiesta para los cinco sentidos. Yo que odio las aglomeraciones, en la ruta procesional me las gozo. Igual que a las alfombras que son arte popular por excelencia. La tecnología ayuda ahora a ubicar las andas con mayor facilidad. Y me admiro de cómo se logra lidiar con el tráfico durante estos días en la zona 1. Observo con esperanza a muchas familias juntas, ya sea en busca del cortejo o bien colaborando en elaborar los adornos de su vecindario. Pero con todo y mi júbilo, no me olvido de los ojos del Jesús que llevan en hombros. De esos ojos que lo han visto todo y que saben leer el futuro. Ojos que además de tristes e inquisitivos, se notan preocupados y con cierto dejo de indignación. Porque los ojos de Jesús no toleran el crimen ni la hipocresía. No aceptan en su reino a los poderosos intratables que se aprovechan de sus efímeras posiciones para rebalsarse de soberbia. Ni tampoco admiten a quienes se persignan con la mano pecadora que, pudiendo dar más, se conforma con ser mezquina.

La procesión ya va a varias cuadras de distancia. A lo lejos oigo la música que la acompaña, de la que resaltan los pífanos. Camino hacia el estacionamiento, y en la ruta veo carteles, mupis, vallas y postes con propaganda de candidatos. Anticipada e ilegal, para más señas. Y por la que deberían de cobrarles millones en multas a los inmorales partidos políticos. Entonces, vuelvo a recordar al solemne y dulce Jesús llevado en hombros por los cucuruchos que cumplen su parte en esta hermosa tradición. Pienso en lo identificados que nos sentimos los guatemaltecos con la pasión de Cristo. He ahí la razón de sus ojos tristes e inquisitivos. Su mirada nos urge a no permitir que este país se pierda en la codicia de la gula y en la lujuria de la vanidad. Avanza la procesión. El olor a incienso se disipa con el viento. Conmigo se queda, entre mi fe y mi angustia, la mirada del Nazareno.