El desafío de la clase política contra la población va subiendo de tono. Es abusivo, de hecho. Cínico. Y también ruin. Ya se salieron de la trinchera. Ya se sienten en capacidad de contraatacar. Era de esperarse.

No solo porque el negocio que defienden es cuantioso, sino porque la ciudadanía les dio una tregua. Esa tregua que se origina en la orfandad de liderazgo de la que adolecen las movilizaciones de plaza. Nadie dijo que esto iba a ser fácil.

No lo será. Las estructuras delictivas alrededor del Estado saben muy bien su juego. Y la gente apenas empieza a aprender el propio. La componenda en el Congreso no puede ser más descarada. No quieren modificaciones a la Ley Electoral. Tampoco le retiran la inmunidad al Presidente. Y lo hacen sin pudor, en una maniobra que de tan burda se vuelve un asco. 

¿Cómo podrían negar su alianza estratégica los partidos Líder y Patriota? Lo de la semana pasada raya en lo ordinario y es absolutamente despreciable. Es obvio que les urgen las elecciones. Quieren a toda costa su estabilidad malsana. Ansían que todo regrese a ser “como antes”. Pero, aunque retomen posiciones, esos tiempos de bonanza impune se acabaron. Por efectiva que parezca su apuesta de confiar en el cansancio participativo de la colectividad.

Porque no solo los desaguisados del Organismo Legislativo y sus bancadas mayoritarias le molestan a la ciudadanía. Se suma a eso la desfachatez del partido Corazon Nueva Nación (CNN), que en clara afrenta al Tribunal Supremo Electoral, pero sobre todo a la inteligencia de los guatemaltecos, contrata panorámicas en las que sin recato llama a votar por Líder, como que si la disposición de las autoridades no hubiera sido categórica para prohibirlo. Es más: ni siquiera debería ser necesaria la aclaración de parte de los magistrados. Si decencia hubiera, pautar por medio de un evidente fraude de ley tendría que causar vergüenza a los de CNN.

Pero no. El reto es abierto y vulgar. Y cuando se añade la iniciativa de ley para neutralizar a la CICIG, presentada por la bancada roja, entonces el atrevimiento se torna en despropósito. Pareciera que ya no les importa nada. Y cuando ya no hay nombre qué cuidar, lo único que puede esperarse es el abuso y el vejamen. Los cuales, por cierto, ya empezaron.

Mientras tanto, la propuesta de los candidatos sigue en deuda. La desesperación crece. Así como la incertidumbre. Nadie ve salida a corto plazo. La crisis política no mengua en medio de un rechazo casi generalizado hacia las elecciones.

Es perturbador que habiendo candidato oficial todos sepamos que solo está puesto para servir de trampolín para que la alianza en el Legislativo se mantenga. Para que la maquinaria del Estado sirva a la hora buena y que favorezca a quien les conviene en el acarreo. Y así, las distorsiones en el proceso abundan.

Y no para bien. Los focos de conflictividad se esparcen por la geografía nacional por razones diversas. No hay gobierno. Y la mecha puede encenderse, y estallar a lo grande, casi en cualquier rincón de nuestro mapa. Es eso precisamente lo que los políticos no leen. O lo que se resisten a leer.

Por ahora, lo único que me consuela es que la conciencia ciudadana sigue su marcha, lenta pero segura. En la manifestación del sábado conocí a Edwin. Él me presentó a su hija, justo en el momento en que yo le presenté a la mía. Sus palabras no pudieron ser más esperanzadoras. Me dijo: “Estoy aquí, porque la quiero. Y por eso, la traje”. El ejemplo que arrastra, pensé. Y me sentí contento de compartir experiencia con mi hija en la Plaza, en vez de hacerlo a esa misma hora en un centro comercial. Me dio gusto, además, ver a tantos jóvenes tomándose en serio al país. Jóvenes que ya no temen ser protagonistas de la historia. Jóvenes que van a cambiar a Guatemala, le guste o no a los corruptos y a quienes, con ellos, han arruinado los destinos de esta tierra.

Lo ocurrido la semana pasada en diferentes ámbitos de la arena política debe ser asumido como un llamado de atención. No podemos darles espacio para que renueven fuerzas. No podemos permitir que recuperen sus posiciones de insolencia. La fiesta se les tiene que acabar.