Esta es la historia de una campana navideña. O, para ser exacto, del amor que archiva su sobreviviente andar. Son incontables los relatos que presenció en aquellos años remotos, cuando en las Nochebuenas de mi Belén familiar nos abrazábamos a las 12, entre alegrías y desconsuelos, o entre abundancias y precariedades. Como sucede en todas la casas. Como acontece en todas las vidas. En esta campana mía predomina el verde, y una cinta roja le viste la cintura con motivos dorados. Suena como caja de música. Es un adorno colgante que se transforma, por su versatilidad, en una especie de utilería escenográfica para la temporada. (Rechazo desde que me acuerdo el lado cursi de la Navidad. No logro adaptarme a su sintonía de falsa concordia. El “amaos los unos a los otros” de estas agitadas semanas me crispa los nervios. Pero no todo es malo. Supongo que la escasa madurez adquirida con la edad me permite ahora tolerar más este convulsivo almíbar donde los peces beben y beben y vuelven a beber).

Esta campana de la que hablaba antes la compramos con mi mamá en 1970. Solía ocupar la entrada del comedor como una tentación juguetona que atraía a cuantos pasábamos por allí. Nadie podía contenerse de jalar su badajo de cuerda y así abstraerse en la melodía que guardaba; en su prodigio. El espíritu navideño de mi madre es artístico y sublime. Muy similar al milagro que emanaba de aquella estupenda campana que aún respira al salir de su envoltorio. La casa de mi infancia era, cada diciembre, una postal de cascanueces con manzanilla y una apoteosis teatral con olor a pinabete. Y todo por mi mamá que fue y sigue siendo una heroína de las manualidades. Su Nacimiento revela, entre serrines y musgos, el testimonio creativo de la sensibilidad. Esa que le sobra en sus gestos y en sus ocurrencias; esa que la hace cuidar hasta el último detalle. Recordar las navidades de antes, en las que la emblemática campana era el único ornamento que ocupaba siempre el mismo sitio en el corredor antañón de aquellos tiempos, es enternecer mi memoria con el desborde amoroso que mi madre prodigaba para agradarnos a mis hermanas y a mí, en su intento por compensar, de algún modo, el no contar con la clásica familia del retrato perfecto.

La campana musical acompañó la última y memorable cena en la que fuimos un hogar integrado, sin grietas a la vista. Vio también mi desencanto cuando Santa Clos dejó de recibir mis cartas, o más bien cuando ya no tuvo sentido seguir escribiéndoselas. Asimismo, fue testigo de episodios domésticos de un núcleo familiar de clase media, en el que jamás faltaron las osadías de una época pletórica de pasiones, ni los dramas de una disfuncionalidad proverbial producto de los desencuentros matrimoniales, nunca violentos, protagonizados con discreción por mis padres (la Navidad posee esa particularidad de claroscuros nostálgicos que nos empuja al territorio de lo excelso y de lo sombrío. Que nos emociona con las grandezas y las miserias de las páginas vividas. La Navidad es un árbol que sabe a ponche y la reminiscencia de una apacible pastorela acechada por los lobos).

Escribo acerca de esta campana, porque me conmovió hasta el tuétano verla colgada de nuevo en el mismo simbólico sitio donde la recuerdo en mi niñez. Han pasado muchos años desde entonces. Su badajo musical no cesa de ser una tentación. Jalarlo es convidar a la melodía a que pinte al silencio con sus colores armónicos. Mi mamá, afectuosa y vivaz, sigue haciendo su Nacimiento con una prolijidad de artista. Y continúa ilusionándose con las golosinas de la temporada. Quisiera yo disponer de la décima parte de su gracia para arreglar la mesa con los artilugios de galleta y de mazapán, que combina con maestría al lado de angelitos y avellanas. Pero más quisiera regresar por un instante al corredor antañón de los tiempos niños para reparar el destino de mi hogar, y así cambiarle las piezas necesarias a su relojería doméstica para que nunca llegara la hora de la separación. Para borrar de sus capítulos la palabra “divorcio”. Para no ver partir a mi padre con su maleta sin regreso. No es posible, ya lo sé. Ni sería lo mejor. La vida es como es y no me lamento por lo que no pudo corregirse. Dramas similares suceden en todas la casas y acontecen en todas las vidas. Doy gracias a Dios por contar aún con las manualidades geniales de mi madre. Su vocación familiar es indomable. 

Da fe de eso la épica y sobreviviente campana del comedor. Jalo otra vez su badajo para oír su tonadilla. Y miro con asombro cómo beben los peces en el río. Beben y beben y vuelven a beber. Campana sobre campana. Y sobre campana, una: la entrañable campana donde repica mi infancia.