Hubo necesidad de un reportaje de la “BBC” para que el país tomara conciencia de las precariedades del hospital Federico Mora. No era la primera vez que esto salía a luz. Hubo trabajos periodísticos nacionales previos acerca del tema. Pero nunca llegaron a causar el revuelo que trajo consigo el de los colegas ingleses. Hoy, todos se indignan por las carencias en que viven las personas allí recluidas que sufren de trastornos mentales.

Y no falta quien critique, con toda razón, las desafortunadas declaraciones de la vicepresidenta Roxana Baldetti, quien de nuevo no mide sus palabras, y en vez de enfrentar con la verdad el bochorno de un Estado en harapos, intenta minimizar lo obvio. Como cuando dijo que era más barato ir a Europa que a Petén, para justificar el selfie de su hijo con el Papa. Es cierto: lo mismo han hecho otros gobernantes. Antes, oímos disparates como que “aquí no hay crisis” o que “en Guatemala alegan cuando suben el pasaje de autobús, pero no cuando le suben al boleto a Miami”. Me parece más hábil y franco lo dicho por la fiscal general, Thelma Aldana, cuando se le planteó que de seis automóviles disponibles en la unidad contra la corrupción dos se mantienen en el taller.

Su respuesta fue que esa es la historia de todas las instituciones públicas guatemaltecas; hasta mencionó que, en otra localidad, los diez vehículos disponibles para la labor del MP carecen de neumáticos, y que de haber sabido que la entidad que hoy dirige tenía una mora de 1 millón 200 mil casos, no se habría postulado para el cargo. Pero volviendo al tema, me inquieta que aún haya gente capaz de opinar que el Estado debe restringirse a proveer solo seguridad y justicia. Sé que suena bonito. Que el aserto convida a unirse a él, porque el saqueo es escandaloso y descarado.

Pero considero también que es precisamente ese razonamiento, digamos utópico, el que en parte contribuye de manera decisiva a que en este país no se consoliden las instituciones. Si en Guatemala no hubiera un déficit tan ignominioso en materia de salud y educación, de cuidado a la tercera edad, de desnutrición infantil y de todo lo relacionado con seguridad social, tal vez esa “romántica” idea podría bosquejarse con algún sentido.

Mas en el reino del casi nulo desarrollo humano, no me cuadra en absoluto. Es tan perturbador y desquiciante como cuando oigo a los que pretenden mantener viva su bandera, basados en la premisa de que todos los empresarios son explotadores (aunque haya muchos así), y en que la expropiación es la única manera de redistribuir la riqueza. Tampoco así se fortalece el tan deseado y necesario desarrollo. Tampoco así se contribuye con el afianzamiento de la democracia. Tomo aquí palabras de dos amigos, ambos coincidentemente religiosos, para ilustrar mi argumentación. Uno, Carlos Cabarrús, quien, al comentar la muy certera frase que habla de “mejor enseñar a pescar que dar pescado”, hace ver, sin poner en duda ese dechado de sabiduría, que hay gente a la que antes de eso “hay que ayudarla a recuperar el río”. Dos, Fernando Leal, que describe la vocación de este país, al decir que, antes de las elecciones, “los guatemaltecos ya votaron y que lo hicieron por el empleo, pues dos millones se fueron a Estados Unidos a trabajar”.

El reportaje de la “BBC” podría hacerse en el IGSS. O en la mayoría de escuelas públicas. O en las emergencias de hospitales desabastecidos. O en muchos tramos carreteros. Y la prensa nacional lo hace. Pero a los políticos, y más triste aún, a los ciudadanos en realidad no les importa. O, para decirlo mejor: no nos importa. Grandioso sería que cada vez que se da un golpe mediático, las oficinas gubernamentales o las entidades privadas aludidas reaccionaran corrigiendo la iniquidad o el atropello en que incurren, en vez de desviar la atención, ya sea con tonterías, con presiones, o bien no asumiendo las negligencias, los robos o la falta de condiciones para funcionar. Qué casualidad que ahora sí, el Gobierno invierte Q12.5 millones en el Federico Mora.

Pero igual no se ve ninguna voluntad para fortalecer a la Contraloría. No se nota, ni de broma, que se luche por robustecer la recaudación. No se sugiere, ni por asomo, que los diputados se desvelen por hacer las modificaciones que urgen en la Ley Electoral. No se vislumbra, ni por cortesía, que se tome en serio la inaplazable reforma a la justicia. No me parece del todo ético que un periodista llegue de manera encubierta a grabar con cámara escondida a un sitio que debiera dar acceso sin restricciones a un reportero. Eso solo es aceptable cuando se busca revelar una actividad delictiva, o bien, como sugiere el caso del hospital psiquiátrico, si se declara non grato al investigador periodístico. Pienso que adentro del Federico Mora, como en otras oficinas estatales, hay gente que cumple con decoro su trabajo, a pesar de no recibir sueldos dignos y de no disponer de los mínimos recursos. Celebro, sin embargo, que la “BBC” haya causado este revuelvo.

Y lo celebro, porque hay resultados después de la publicación. Va siendo tiempo ya de que la prensa nacional, de la que formo parte, se ocupe con más frecuencia de esas páginas terribles de nuestra triste y vergonzosa realidad, y que dejemos de dedicarle tanto espacio a las torpes declaraciones de los funcionarios de turno. El caso del Federico Mora es solo uno más de muchos. Hay quienes odian que los extranjeros vengan a decirnos cómo resolver nuestros problemas. Pero casi ningún guatemalteco es profeta en su tierra. Ya lo dijo Asturias: “Aquí solo borracho se puede vivir”. Porque ahora ya ni siquiera loco se logra evadir la desgracia. ¿Hará falta que la “BBC” publique un reportaje diario acerca de nuestras múltiples tragedias? ¿Habrá cura doméstica para nuestra obscena apatía? Usted me comprende: con esta infamia cotidiana, no es justo ni “re bonito” hacerse el loco.