Reflexión

“No hay marcha atrás. No puede haberla. Lo que habrá es otra marcha. Y otra. Y otra nueva. Y todas hacia adelante. Hoy percibo, como nunca antes, que aquellos hampones y desalmados que ocupan el poder, en cualquiera de sus versiones, se sienten acorralados e inquietos”.
 

Me quedé sin palabras el pasado sábado. Estuve en la Plaza de la Constitución y sentí el júbilo ciudadano a plenitud. La gente iba en familia, como a un paseo. Iba con los amigos, como a un festejo. Iba sola, si así era necesario, pero allí se encontraba con todos los demás. La lluvia no detuvo a nadie. Y el clamor por un país nuevo hizo temblar a quienes se empeñan en que el sistema no cambie.

No estuve en el momento del himno. Me lo perdí. Pero igual lo escuché por radio desde la cabina de Emisoras Unidas, desde donde transmití las primeras dos horas de la concentración, haciendo enlaces con el equipo de Patrullaje Informativo que cubría el acontecimiento. Y fue emotivo. Y emocionante. Y digno de lágrima.

A las cinco de la tarde, tal como lo había previsto, me fui a trabajar a la unidad móvil con mi colega Alejandra Álvarez, para hablar directamente con los protagonistas de esta Guatemala que renace y que no se queda callada. Con los protagonistas que, con diferentes y muy diversas consignas, están totalmente de acuerdo en que no debemos reincidir en los errores de apatía que tanto daño nos han hecho. Con los protagonistas que exigen a los beneficiarios de este modelo corrupto y excluyente, una manera diferente de actuar.

Lo que percibo es que, además de recuperar la plaza como un pentagrama para musicalizar nuestra historia, estamos escribiendo la letra de la canción con una rima valiente que, en vez de agotarse, se nutre a cada instante. Y no solo aquí en la capital. Todo el país se suma a la protesta.

Así como guatemaltecos por todo el mundo. “Los buenos estamos envalentonados”, me dijo un oyente que se acercó a hablarme sobre la sexta avenida. Y yo, al oírlo, pensé que había que luchar por “poner de moda la virtud” y también por evitar que la debacle nos llegue por la vía de las urnas.

No hay marcha atrás. No puede haberla. Lo que habrá es otra marcha. Y otra. Y otra nueva. Y todas hacia adelante. Hoy percibo, como nunca antes, que aquellos hampones y desalmados que ocupan el poder, en cualquiera de sus versiones, se sienten acorralados e inquietos. Que sudan y que no duermen de solo pensar que la CICIG y el Ministerio Público llegarán pronto a capturarlos.

Y que en sus pesadillas los agobia la imagen de verse esposados y con la vindicta pública encima. La clase política no ha leído correctamente lo que ocurre. Sus integrantes siguen jugando a que hay interés en el proceso electoral, sin fijarse en que a nadie le importan sus alaridos demagógicos y sus mentiras prefabricadas.

Es conmovedor y estimulante ver cómo la población, de manera espontánea, desmancha postes y los pinta de blanco. Vienen sorpresas en las próximas encuestas. Lo intuyo. Y aspiro a que en los próximos días haya más allanamientos y más detenidos para que la apoteosis cívica no decaiga.

Por ahora hay mínima ventaja, pero ventaja al fin. Los diputados hampa ya no se permiten los cinismos de hace mes y medio. Los jueces acostumbrados a procurar impunidad se ven en los espejos de sus colegas a quienes se les ha puesto en evidencia por enriquecimiento inexplicable. Y en el Ejecutivo, las ojeras y la ansiedad son epidemia. Eso me cuentan mis fuentes.

Y aun así, no faltan los trasnochados y los vendidos que siguen desafiando esta vorágine de decencia que los perturba y los incomoda. Esos que son prepotentes y altaneros en el oportunismo más despreciable. Esos que traicionan de la forma más vil. Lo admito: aún existen. Y a esos habrá que derrotarlos con los argumentos de la democracia y de la libertad. Porque son los únicos argumentos que no entienden ni toleran.

A todos les llegará su hora. Porque a esta población ya no la contiene nada ni nadie. Y en ello, a pesar de mi optimismo, tendremos que ser cautos para no caer en el juego de quienes añoran una fragmentación del movimiento, o un desorden que desacredite los esfuerzos de la ciudadanía. Es cierto: nos faltan liderazgos visibles y confiables. Pero no me angustio por ello. Ya aparecerán. Los jóvenes han entendido su papel. Con acierto y certeza. Y los adultos hemos salido de la abulia. Con pujanza y experiencia.

Los dinosaurios de mano peluda están cayendo por su propio peso. Pero iluso sería confiarse. El mal siempre dispone de sus asquerosas herramientas. E intuyo que no van a quedarse cruzados de dientes.
No se busca un Golpe de Estado. Tampoco un Estado que surja de golpe. Lo que se gesta es un Estado que ya no nos golpee. Un Estado que se líe a golpes con la injusticia.

La gente sabe que esta es su oportunidad. Nuestra oportunidad. Lo resumo en pocas palabras: es fundamental que la clase política, corrompida y mediocre, se sienta asfixiada por la exigencia colectiva. Que se sienta entre la población y la pared.