El embajador de Estados Unidos, Todd Robinson, fue categórico en cuanto a que la elección de Manuel Duarte como nuevo magistrado titular de la Corte de Constitucionalidad, no fue transparente y que se hizo sin previa discusión. Lo dijo durante una entrevista que le hicimos ayer con Marielos Fuentes en el programa A Primera Hora, en la que criticó sin ambages la altanería y el cinismo con que algunos diputados desprecian el clamor popular. Su voz se une a la de muchos analistas que vieron lo burdo y lo desfachatado de la maniobra para llenar la vacante dejada por el actual vicepresidente en la máxima Corte del país, treta que además se ha descrito como el reacomodo perfecto para romper el 3-2 que, para bien y para mal, ha prevalecido en la CC durante días recientes en casos como el del antejuicio contra el mandatario Otto Pérez Molina, en el que hubo una resolución a todas luces política. Pero el embajador Robinson no se quedó ahí. Durante la charla por la radio dijo también que “el Congreso no está escuchando a la población” y se quejó de la actitud burlona de algunos diputados, a quienes, según lo que se percibe y se lee, las demandas de la gente parecieran no despeinar, mucho menos preocupar. Porque no son pocos los congresistas que ven venir la tormenta y ni siquiera se persignan. Como si no ocurriera nada. Como si estuviéramos antes del 16 de abril. Son, de hecho, los ejemplos más ordinarios de la prepotencia y de la impudicia. Lo cual, tarde o temprano, van pagar. Y caro.

Fue interesante oír las palabras de Robinson relacionadas con que las solicitudes de antejuicio que ya han aterrizado en la novena avenida, no han persuadido lo suficiente a los malandrines de siempre para comportarse como las circunstancias lo exigen. Aunque, aclaro, eso lo declaró horas antes de que la CICIG y el MP presentaran acciones contra cuatro parlamentarios de LIDER, así como contra Arnoldo Medrano, el eterno y camaleónico alcalde de Chinautla. Yo concuerdo con el representante diplomático estadounidense en que los políticos le están apostando a que la gente se canse de protestar, o bien a que el movimiento ciudadano sufra una fragmentación irreversible. Pero después de las exitosas marchas nocturnas del pasado sábado, sus sórdidas esperanzas tienden a desplomarse. Y sería del caso que la mafia que opera en el Organismo Legislativo pusiera sus barbas en remojo, antes de que la carceleta de la Torre de Tribunales les respire en el hombro. Es clarísimo que en aras de mantener en el cargo al presidente Otto Pérez Molina hay, como mínimo, tres partidos dispuestos a todo. Y no por respeto a la institucionalidad, como pregonan. Sus afanes son electorales, es decir, de negocios y de poder. Porque en los comicios que vienen, Guatemala se corre el tremendo riesgo de que ganen varios partidos con el color de uno solo. El paquete está amarrado. Y entre las pretensiones de quienes hacen equipo en esta sucia jugarreta, resulta obvio que figura, en lo más alto de su lista, desarticular las protestas y difuminar (si posible exterminar) la indignación de la gente.

Guatemala se mueve a un insólito ritmo entre vertiginoso y ávido; entre ansioso y flemático; entre entusiasta y angustiado. Y explico el porqué: ha sucedido (y sucede) mucho en tan solo 11 semanas. Sin embargo, quisiéramos ver a peces gordos ya en la cárcel. Ya juzgados. Ya sometidos a la extinción de dominio. Y nos encantaría que la CICIG y el MP nos dieran titulares, no cada semana, sino, si posible, cada hora. Mas todo lleva su tiempo. Armar los casos, por ejemplo. O domar a las estructuras que filtran de información. O sortear tropiezos judiciales a la medida del cliente. Tantas cosas. Pero lo único que no puede ni debe postergarse es la movilización de la ciudadanía. Y no solo en las marchas. Hay que añadirle a ello la visión de país que nos haga visualizar una sociedad en la que el disenso no sea hiriente ni guerrerista, sino constructivo y enriquecedor. Asimismo, montar un tablero en el que las mayorías se hagan sentir, con lucidez, en las instituciones capturadas por las mafias. 

En la entrevista de A primera hora, Todd Robinson fue todo lo franco que desde su puesto puede serse. Mi impresión es que existe en él un genuino interés de que el país aproveche esta oportunidad única de romper con la oscuridad. Dijo, con aplomo y sin arrugarse, que en el Congreso hace falta voluntad política para que avance la reforma del Estado. Y frente a la pregunta de cómo lograr tal cosa, también fue fulminante. “Tal vez con más casos en el Congreso”. Y aunque no lo mencionó de manera expresa, yo sé que se refería a casos respaldados por la CICIG y el MP. Los antejuicios de ayer son prueba irrefutable de que las piezas encajan, más pronto que tarde, en este rompecabezas político que desplaza a la campaña electoral a un quinto y deslucido plano. Que nadie se pierda: el embajador tocó la tecla precisa.