Hablé con el bombero Henry Hernández la semana pasada. Lo entrevisté el viernes 30 de enero, día escolar de la no violencia y la paz. Por lo que había leído acera de su caso, no me sorprendió su paz interior. Pero sí me conmovió. Y sobre todo hizo que la inspiración me acompañara durante varios días. Fue impresionante oírlo decir, en un sereno hilo de voz, que el médico le había hecho el dramático planteamiento de “o tu pierna, o tu vida”. Y que su decisión se había basado en el deseo de volver a abrazar a su familia. Así de rotundo. Con la sabiduría directa de quien burla a la muerte con un guiño de luz. Henry es una víctima más de las laxas leyes de este país contra los conductores ebrios. Él mismo lo sabe, pues aunque el supuesto culpable de que le hayan amputado la pierna izquierda está ligado a proceso, no alberga mayores esperanzas de recibir un resarcimiento. De hecho, ese presunto responsable del triste incidente ni siquiera se ha comunicado con él para disculparse, mucho menos para ofrecerle una ayuda económica. Su nombre: Diego Canel Luna. Hay vídeos que lo muestran zombi luego de atropellar a Henry. La fianza que lo tiene libre asciende a Q75 mil. Todo parece incriminarlo. Sin embargo, de acuerdo con lo afirmado por Johann Gómez, abogado que participó vía telefónica en el programa en que conversé con el socorrista que perdió su pierna, estar procesado por lesiones culposas no implica mayor riesgo para Canel Luna. El criterio de los jueces suele ser, según el penalista, que quienes cometen esa falta no lo hacen con premeditación. Y ello es considerado un atenuante a la hora de deliberar. Entiendo que Diego Canel Luna no se pasó de tragos con la intención de atropellar a Henry y de ocasionar con ello que sufriera una amputación. Y es ahí donde radica la clave de todo esto. El proceso judicial que tendrá que seguir va a costarle, por barato que le salga, varios miles de quetzales. Y la condena pública que enfrenta es enorme. No digamos la propia conciencia que debe atormentarlo día y noche. Por tal motivo, desde esta humilde columna me permito recomendarle que medite y que se acerque a Henry, lo antes posible, para resolver como un hombre de bien este golpe irreparable que, según todos los indicios, ocasionó en la vida de este socorrista que hoy ve truncados sus sueños por este episodio tan desafortunado. He de añadir que durante la entrevista del pasado viernes, un oyente insistió tanto en hablarme durante la pausa, que accedí a oírlo pese a estar al aire. Con una voz profunda me dijo: “Siendo un adolescente, por manejar borracho, arrollé a un hombre que estaba en la acerca esperando camioneta. Lo dejé paralítico. Y mis padres pagaron mucho dinero para librarme del problema, pues el jefe del atropellado lo ayudó a llevar el juicio, el cual de todas maneras terminamos ganando nosotros. Pasé años cargando esa cruz. Sufrí mucho. Me hice alcohólico. Y fui un fracaso. Hasta que decidí buscar a mi víctima y hablarle. Entonces le pedí perdón. Y me ocupé de los estudios de su única hija. Ahora vivo en paz conmigo mismo. Y al oír a Henry Hernández no pude sino llorar por su grandeza como ser humano”. Palabras más, palabras menos, eso me relató el oyente. Muchos mensajes de texto ingresaron en la cabina mostrando respeto por la actitud de Henry, quien afirmó que no podía juzgar a Diego Canel Luna, pero que esperaba que el incidente lo hiciera recapacitar. “Si no me va a ayudar a mí, que ayude al prójimo”, dijo el bombero. Conozco innumerables casos en que el conductor ebrio que causa una tragedia prefiere gastarse una fortuna en abogados y en comprar a nuestro corruptible sistema de justicia, antes que asumir su error y tratar de enmendarlo. Ojalá no sea esta una historia similar. Henry Hernández le ha dado una lección de dignidad y de fe a Guatemala con sus palabras de perdón y de no violencia. Le toca el turno ahora a Diego Canel Luna. Es momento de que pida perdón. Y de que se responsabilice por el daño causado. Es mejor eso que pasarse el resto de la vida torturado por su conciencia y teniendo que agachar la cabeza cada vez que alguien le recuerde, con palabras o con la mirada, la infausta noche del 17 de enero de 2015, cuando presumiblemente por conducir en estado de ebriedad atropelló a este joven bombero y lo dejó sin pierna izquierda. La oportunidad de mostrar hidalguía es absoluta. Es hora de que Diego resuelva este duro y triste episodio, como todo un caballero. Como un hombre de bien.