¿Por qué tanta gente valiosa se resiste a participar en puestos públicos? ¿Por qué es tan ardua la tarea a la hora de conformar un equipo de lujo en el área gubernamental? Yo solía pensar que era, sobre todo, por la cobardía de muchos para enfrentar retos que huelen a imposible. O bien por evitarse molestias innecesarias. O por los sueldos bajos que suelen pagarse en las nóminas del Estado. Excusas sobran. Y hoy, con las redes sociales tan activas, el riesgo es incluso mayor, si de desprestigio y ataques se trata. En síntesis: cuando se habla del aparato estatal, resulta espinoso y difícil convocar a los mejores.

Esto lo saco a colación por el momento que vive Guatemala. Se exige, y con argumentos, que el presidente electo revele quiénes integrarán su gabinete. De hecho, considero que eso debería de ser parte de las exigencias imprescindibles de campaña. Pero los asesores propagandísticos saben que, por más que los periodistas nos afanemos en plantearlo durante las entrevistas, nunca conseguimos más que dos o tres nombres al azar, que rara vez significan realmente el meollo de los cuadros de un partido político. Acerca de ese tema le pregunté a una ex funcionaria, a mi parecer muy calificada. Y ella, con absoluta franqueza, me dio sus razones para no aceptar puestos en el Gobierno, entre las cuales destacó que, en su gestión previa, había sido despedazada por neófitos malintencionados y que aparte del tremendo desgaste sufrido, nadie reconocía ahora su esfuerzo y sus lágrimas. Además, habló de las traiciones de sus mismos compañeros de agrupación, que, según me dijo, trajeron como consecuencia que las conquistas por las que tanto había luchado, se vinieran abajo en la siguiente administración. Me abstengo de ahondar en detalles para mantener la confidencialidad de mi fuente. Y no hace falta relatar más de su historia, pues debe haber otras similares. Lo que me preocupa es el ambiente hostil y dantesco en que un profesional de primera tiene que aceptar, cuando acepta, la responsabilidad de un cargo gubernamental. Hablo de alguien con intenciones sanas, pues son pocos los que llegan con una mentalidad limpia a desempeñarse en un ministerio, en una secretaría, o en una dirección general. Y aunque los haya, cada vez son menos. Lo cual complica el ensamble de una formación medianamente decente y capaz para sacar adelante los desafíos de un país como el nuestro. A lo que se añade que no existe equipo de Gobierno en el que no se cuelen los mafiosos, y en el que no se condicionen puestos clave con tal de servir a los intereses más sórdidos, siempre vinculados con la corrupción. En esas condiciones, me pregunto qué estará haciendo el presidente electo Jimmy Morales para alcanzar su “once ideal”, en el que disponga de un gran portero, una sólida defensa, un cuerpo muy avispado de volantes y una eficiente delantera. ¿Qué grupos le estarán proponiendo/imponiendo a gente para que se ocupe de las carteras más codiciadas? ¿Será que Morales está en condiciones de decidir si toma como propuesta o como imposición a estos colaboradores? ¿Cómo va a manejar, por ejemplo, el conflicto que le genera que José Ramón Lam sea señalado de plagio académico, siendo su encargado de la transición? A Jimmy Morales no se le pueden exigir milagros. Pero él debe dar señales claras y contundentes de que no va a ser “más de lo mismo”. El asunto de Lam es desafortunado en tal sentido. Y debería de ser resuelto por Morales a la brevedad, siendo ecuánime en su deliberación. Determinar su hubo un daño a la propiedad intelectual ajena no es cuestión del otro mundo. Un peritaje puede establecerlo muy rápido. Lam argumenta que se está aprovechando el momento político para atacarlo y que no fue despedido, sino que él renunció. Pero Edgar Gutiérrez, del IPNUSAC, sostiene que desde antes puso en autos a Morales del robo de ideas en cuatro ensayos económicos, y que existen pruebas para respaldar el señalamiento. Si el plagio se dio, el caso de José Ramón Lam no encaja en el linchamiento clásico. Mucho menos en eso que padeció la ex funcionaria con quien conversé hace un par de semanas, y que se quejó de la golpiza recibida al pasar por gestión pública.

Es fundamental que nuestra sociedad encare sus desafíos con una reflexión crítica permanente. El silencio no es sano, especialmente en un medio tan laxo en cuanto a castigar la mediocridad y la corruptela. Pero tampoco es saludable que cualquiera que asome la cabeza sea objeto de un acribillamiento inclemente. Encontrar ese balance no es cosa sencilla. Es de recordar que en las redes sociales, las embestidas son más despiadadas porque la gente no ve a los ojos a quienes hostiga. De cualquier modo, saltar al ruedo público siempre trae consigo los riesgos de rigor. Y hasta hay algunos patológicos personajes que gozan con que los destrocen, si eso implica que se hable de ellos. No son todos, por supuesto. Pero los hay.

En cuanto a la coyuntura, lo único que me queda claro es que, con el caso de José Ramón Lam, el mandatario electo Jimmy Morales tiene frente a sí la primera decisión peliaguda de su presidencia, aunque aún no haya tomado posesión.