Amo de Guatemala el ánimo indomable de la gente que, pese a los enormes riesgos, sale cada mañana a trabajar bajo las condiciones más adversas. No importa que le hayan robado el celular 16 veces o que la ida y la vuelta le quite cuatro horas de su jornada. Igual, sigue adelante. Igual no esquiva la ruda pelea, si defiende su tierra y su hogar. Detesto de Guatemala la superficialidad chata y rústica de las clases acomodadas, que jamás se ponen en los zapatos de quienes sufren por las carencias propias de una desigualdad sistemática. Sigue abundando el clasismo y el racismo. Y, aunque con ello no descubro ningún agua azucarada, callarlo no es posible. Amo de Guatemala el coraje de aquellos que, exponiendo la vida y el destino, se la han jugado para buscar en El Norte, no el “sueño americano”, sino el sencillo y normal “sueño chapín” de mantener con decoro a sus familias. Solo de imaginarme la travesía que se ven obligados a enfrentar se me ilumina la vena de admiración. Entre las infames maras, las corruptas autoridades, la despiadada “Bestia” y el implacable desierto, uno se pregunta cómo se atreven. Detesto de Guatemala que no hayamos sido capaces como sociedad de crear oportunidades aquí, para evitar esa dolorosa migración. Y me irrita aún más cuando oigo decir a quienes ostentan los puestos de mando que los guatemaltecos somos haraganes. La ley del menor esfuerzo se aplica en todo el mundo. Y no solo entre subalternos. Son los incentivos los que cambian esa realidad. Aquí no sobran las motivaciones. Y además, tenemos miedo de la libertad, y por eso es tan común que se funcione más por miedo que por convicción. Amo de Guatemala el proverbial sentido del humor con que manejamos nuestros infortunios y nuestros desastres. El humor aquí es negro y ácido. A veces, desgarrador.

Es impresionante y digno de ejemplo cómo se ríen algunos de los más desposeídos del sistema. Se ríen de que pase una mosca, lo cual es sumamente sano si las moscas son inevitables. Detesto de Guatemala el ego de quienes se toman en serio su poder y entonces abusan de este. De quienes por sentirse encumbrados por la política o por la chequera se marean en un ladrillo y humillan al que no alcanza su misma suerte, ya sea por origen o por honradez. Es patético ver a un poderoso hinchando pecho en el autobombo. Es lastimero presenciar sus arrebatos prepotentes desprovistos de clase. El peligro del poder se da cuando el poderoso es un peligro. Esta noble tierra ha parido a muchos así; la boleta electoral incluirá a varios de esa calaña. Amo de Guatemala su vocación por los rituales y las tradiciones. El vivaz fervor de la Semana Santa, en la puesta en escena más multitudinaria del teatro de la vida. El desfile gastronómico de cada estación del tren mensual, entre las intemporales como el enigmático pepián y las que marcan calendario como el diverso fiambre. Los barriletes gigantes de colorido planetario. El Maximón y su cofradía de milagroso aguardiente. El tamal familiar del sábado. Los penitentes de hinojos en la basílica del Señor de Esquipulas. Detesto de Guatemala el conservadurismo cruel de los que solo critican, pero nunca participan. Y también el cruel conservadurismo de los que siempre participan solo para criticar. Es tristemente asombroso cómo nos pintamos para descalificarnos. Para demeritar al que triunfa. Para infundir desánimo en el que intenta emprender. Es lacerante la obsesión por ver únicamente lo negativo de nuestro entorno. La mancha. El error.

Inevitable recordar al poeta Otto René Castillo: “...de mi bello y horrendo país”, escribió. Estaba en lo cierto. Claro, uno lo ve con ojos de amor y perdona su ignominia, aunque también condene sus atrocidades. Uno venera la paz cual presea, aunque sufra con los choques sangrientos. Y añora el patrio ardimiento, para evitar que un tirano nos escupa la faz. La Guatemala mía: país entrañable de groseros contrastes en el que amo y detesto.