Hablé con centenares de migrantes la semana pasada en la Feria Chapina de Los Ángeles, California. Y es revelador que incluso allá, a más de 3,500 kilómetros de distancia, ellos repudien tanto a los políticos de este país, el nuestro, porque los responsabilizan de haber dilapidado las oportunidades de todo un pueblo, por hacer negocios turbios e implacables para volverse millonarios a costa de la gran pobreza.

Los migrantes saben de sobra que los maleantes que han pasado por el Gobierno, el Congreso o el Poder Judicial, con las excepciones de siempre, son los que han llevado a Guatemala al borde de la bancarrota. Los gremios, en general. Ahí sí, sin excepciones. Bancarrota: La gran creación colectiva de nuestra dirigencia y de nuestra apatía. Esa bancarrota de la que, irónicamente en este caso, nos hemos salvado gracias al esfuerzo emprendedor de los casi dos millones de trabajadores que se han ido a buscar un destino y una oportunidad muy lejos de su Patria.

Muchos paisanos en Los Ángeles me transmitieron ese testimonio de rechazo por el obsceno saqueo de las arcas públicas. Varios me comunicaron su decepción por gente en la que a lo lejos creyeron y que terminaron siendo iguales o peores que los anteriores. Ladrones, digo. Otros me hablaron con desdén de los evasores de impuestos; mencionaron lo riguroso del régimen tributario en EE. UU., comparativamente con el nuestro, pero también el contraste de lo que se obtiene a cambio de pagar allá con lo que se obtiene acá, en este desconcierto concertado de discrecionalidades.

Y no faltaron aquellos que se quejaban de ser criticados por seguir interesados en lo que ocurre aquí. Aquellos a quienes les dicen que doblen página y que no se ocupen ni se involucren en un país que los expulsó y no les dio la mano cuando más lo necesitaron.

Ellos me conmovieron mucho. Son, por cierto, los que más siguen las noticias. Los que soñarían con participar en las manifestaciones. Los que no ven salida en los candidatos que nos agobian con sus caras y sus mentiras. Casi todos los migrantes añoran a Guatemala en sus cinco sentidos. Y en su discurso hacen evidente que les gustaría volver, a pesar de estar bien allá. Son ellos, de hecho, lo más parecido a un amanecer que ha vivido la prolongada noche de nuestra historia, antes del despertar que hoy se ejerce, luego de los casos sacados a luz por la CICIG y el Ministerio Público.

Razón por la cual pensé en esto: los migrantes suelen ser descritos como el gran motor de trabajo para que la economía del país no colapse. Y, en tal sentido, los números no mienten. He visitado varias comunidades de paisanos en EE. UU., y aunque coincido con que su aporte es fundamental para que buena parte de la pobreza que se vive en nuestra tierra tenga significativos respiros, hoy quiero destacar algo igualmente grande que ellos logran con el producto de su denodado esfuerzo.

Me refiero al ejemplo de valentía que nos dan a quienes vivimos aquí. Admiro profundamente el coraje de los que desafían pesadillas anunciadas con coyotes mafiosos, vejámenes de las maras fronterizas, desiertos implacables, autoridades crueles, travesías de horror, o bien la inenarrable congoja de dejar a los seres más cercanos para agenciarse dignamente de un ingreso, y que se van a EE. UU., el país de las oportunidades, a jugársela, no solo por la familia, sino por toda Guatemala. Su ejemplo es un activismo diario y auténtico.

Porque los migrantes, contrario a la mayoría de nuestros políticos, muestran que el camino heroico del dinero difícil pero limpio es el correcto, y no el del dinero fácil pero sucio, que los corruptos se han metido entre la bolsa, a costa de la vida de innumerables víctimas. “Dar es amar, dar prodigiosamente/por cada gota de agua devolver un torrente”, escribió Miguel Ángel Asturias en su poema “Caudal”, de Sien de Alondra. Y los migrantes, con su entrega y su amor por los suyos, que somos todos al final de cuentas, han devuelto un torrente por cada gota recibida. ¿Quién podría negar semejante cosa? ¿Quién se atrevería a regatearle sus méritos? Tal vez nadie. Aunque el Estado invierta en su atención una cantidad ínfima y vergonzosa.

Mi homenaje a la valentía y al coraje migrante, tan opuesto y tan contrario a la orgía de latrocinio y de cinismo con que la clase política, y la del modelo 2016, han hecho de Guatemala un lugar donde una cloaca se destapa solo para que encontremos otra peor. Si no me creen, lean las noticias de los últimos tres meses. Imagínense lo que saldría si la CICIG y el MP dispusieran del doble de personal y de recursos.

Con las excepciones que siempre es justo reconocer, el Gobierno, el Congreso y el Poder Judicial se verían muy diezmados. En general, la totalidad de gremios del país. Oswaldo, migrante a quien entrevisté, lo resume así desde Los Ángeles, California: “Allá se quieren robar todo”.