Un grupo de fanáticos fundamentalistas, hombres jóvenes frustrados, llenos de ira, resentimiento, odio fanático y deseo de venganza, se organizan en una pequeña banda asesina y terrorista y entran en un pequeño semanario en las orillas de las ideologías en Francia y masacran como cobardes a 12 periodistas y tres policías, muchos de ellos musulmanes.
Un joven musulmán francés esconde a otros franceses judíos en un supermercado kosher de París, que está siendo blanco de otro atentado terrorista islámico fanático.

Marine Le Pen, lideresa de la derecha francesa, dijo, parafraseándola: “Si es por el contenido o para validar el contenido, yo no soy Charlie Hebdo, si es para defender la libertad de expresión, yo soy Charlie Hebdo”. La distinción me pareció inmensamente necesaria y justa. Estos fueron los hechos con los que el mundo occidental y la aldea global lamentablemente recibió el año nuevo 2015, así empezó enero.

En Guatemala, los herederos de otros fanáticos fundamentalistas, en nuestro caso fanáticos radicales de extrema izquierda, sin respetar la palabra empeñada en la mesa de negociación de la paz política, luego de 36 años de guerra de guerrillas, rompen la palabra e inician, dentro del marco de otro gobierno guatemalteco aún más corrupto (el de la UNE y, luego, el del PP), con los dados cargados, juicios injustos, con jueces, marcadamente ideológicos o, lo que es peor, jueces corruptos, que a cambio de favores y prebendas están dispuestos a tirar a la basura las garantías procesales, los derechos humanos de los reos y acusados, y todo el andamiaje de la presunción de inocencia para fraguar la vieja venganza que la extrema izquierda fabrica y planea con paciencia y odio por el país, por la república, por el ejército y por el sector privado durante décadas.

Los juicios por genocidio y por la quema de la embajada de España a manos de la guerrilla, con el evidente y patéticamente obvio contubernio de un embajador socialista radical español, Máximo Cajal, el que en mala hora vino a Guatemala. A todo esto no se puede olvidar la intolerable e insufrible interferencia en asuntos internos judiciales de un rosario de embajadores a los cuales parece nadie les contó que el colonialismo español y europeo, y su vertiente norteamericana, terminó hace muchos años y que, en Guatemala, están por el beneplácito del pueblo soberano y son solo huéspedes en una república soberana e independiente. Ese fue nuestro enero en Guatemala de 2015.

¿Cómo escribir una columna sobre estos dos temas? ¿Cómo tratar de conciliar los principios fundamentales de vivir en una sociedad libre de hombres y mujeres responsables, con derechos y responsabilidades para todos los ciudadanos? ¿Cómo lograr que el odio, la ira y la venganza y, lo peor de todo, el querer hacer dinero con la memoria y el dolor de los caídos en la guerra no sean el motivo predominante de los grupos nacionales y extranjeros que se empeñan en ayudar, colaborar y fomentar la extrema izquierda violenta en el país?

Es doloroso darse cuenta de que el país poco o nada aprendió con 36 años de guerra, ni toda esa sangre y toda la mentira y perfidia de los guerrilleros que quisieron tomar el poder por las armas y fracasaron lograron enseñarnos una lección de perdón, de armonía, de paz, de reconciliación, de respetar la palabra, de poner los intereses de la república y de la paz común antes que los odios y rencores y el deseo de lucro inmoral. A veces pareciera ser que nuestras propias libertades, ganadas muchas veces con sangre de soldados, oficiales y campesinos indígenas que sirvieron a la patria como patrulleros civiles, con sangre de periodistas asesinados y secuestrados y de empresarios, igualmente ultrajados, pero que, a pesar de todo, siguieron trabajando, durante toda la guerra, hoy son usadas por los eternos enemigos de la república de Guatemala, como las armas para destruirla. Los extremistas de la izquierda “ONGera” utilizan esas garantías, esas libertades para planificar la destrucción de la república y la venganza y reparaciones multimillonarias tan anheladas.